Gilipollas 2.0

0,99  IVA incluido

Relato formato .epub

Una joven madre desesperada, un bebé hormigonera, un capullo narcisista que abandona a su hijo y una detective con una conexión a Internet. ¿Puede haber un caso más fácil de resolver?

Relato perteneciente a la serie de la detective privada Cate Maynes.

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Descripción

GILIPOLLAS 2.0

/ Serie Cate Maynes Relato/ Novela negra/

SINOPSIS
Una joven madre desesperada, un bebé hormigonera, un capullo narcisista que abandona a su hijo y una detective con una conexión a Internet. ¿Puede haber un caso más fácil de resolver?

FICHA TÉCNICA 
Solo disponible en versión digital.
Formato: .epub
P.V.P.: 0,99€.

Puedes encontrar este relato, en papel y e-book, incluido en la reedición de El primer caso de Cate Maynes, en Cate Maynes. Relatos. Volumen recopilatorio y en el Pack reedición Cate Maynes, que incluye las novelas reeditadas El primer caso de Cate Maynes y Los hilos del destino, junto a los relatos Gilipollas 2.0 y Turquesa, hipermicrocefálico y politesticular.

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El bebé estornudó, y una espesa flema verde, tras describir una parábola, se estrelló contra la superficie de la mesa, por la que se desparramó cual sebo de alienígena.
Gorrinillo me lanzó una risueña mirada, los puños apretados en un gesto triunfal como si acabara de culminar la proeza de cruzar en solitario el Atlántico en una tabla de paddle surf. A tenor del repentino hedor que brotó en ese momento de su escasa persona, había altas probabilidades de que acabase de completar la hazaña expulsando una buena ración de restos del proceso de absorción de nutrientes y microorganismos de su intestino.
La criatura se había cagado. ¿Por qué a mí, Señor?
La madre de la misma, y mi más reciente clienta, Alexa Morenas, una veinteañera que parecía llevar grabada en su rostro toda la angustia del mundo, lo verificó aupando al niño y aspirando con fuerza con la nariz pegada al pañal. Joder, ¿esnifar esas sustancias no era peligroso?
—Perdón, es que lo tengo malito. —Se disculpó, apurada—. Tiene la barriga descompuesta, y ya sabes: se traga los mocos y los acaba sacando por todas partes.
Pues no, no lo sabía. Y tampoco estaba muy segura de querer saberlo y mucho menos, de tener en mi cabeza la imagen asociada.
Pero mira.
Alexa se agachó para coger la bolsa para bebés que descansaba a sus pies. Haciendo malabares, la abrió, se hizo con un paquete de toallitas higiénicas y sacó una de él. Con un rápido movimiento, limpió el salivazo y después giró la cabeza de un lado a otro. No pareció encontrar lo que buscaba y me miró.
—¿Papelera? —Agitó la toallita como si fuera una bandera a cuadros en un final de carrera.
Miré el desecho con horror. ¿Cuál era la velocidad de propagación de un virus? ¿Dos metros por segundo? ¿Tres? Si era superior a cuatro, ya podía darme por muerta: el color de la cosa que había expulsado el angelito era alarmante, y por el tufo que empezaba a llegarme de su zona cero el asunto incluso podría concernir a la Agencia Internacional Atómica. ¿Pero esa chica qué había parido, un niño o una bomba sucia, joder?
Pero, claro, no iba a decírselo. Esbozando una sonrisa de circunstancias, alargué la mano.
—Dame, ya la tiro yo.
Consideré excesivo (por ella, no por mí) ponerme guantes, así que hice de tripas corazón y, pinzándola apenas con dos dedos, la lancé al cubo.
—Perdona, es que no tenía con quién dejarlo… —se disculpó una vez más.
Sus labios se curvaron hacia abajo y su barbilla tembló de forma ostensible. Parecía a punto de entrar de nuevo en modo puchero (sería el tercero desde que había llegado. Y solo llevaba allí cinco minutos…), pero lo cierto es que razón no le faltaba: según me había contado, su pareja, y padre de Infeccioso, había desaparecido de sus vidas de la noche a la mañana.
—No pasa nada. —Apoyé la punta del bolígrafo sobre la hoja del bloc y la miré, expectante—. ¿Me ibas diciendo…?
Pero Alexa hizo caso omiso de mi pregunta y, encasquetándose al niño bajo el brazo, aupó la bolsa a la mesa. Me fijé en que unos sospechosos churretones salpicaban su tela aquí y allá.
No quise preguntar acerca de su origen.
—¿Te importa hacer un hueco? —pidió—. Es que tengo que cambiarlo; si espero mucho se le irrita el culito.
¿Destapar esa cosa sobre MI mesa? ¿En MI presencia?
Obviamente, tampoco le dije nada.

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