Los hilos del destino

Vuelve la detective Cate Maynes con su segunda aventura. En esta ocasión, no solo tendrá que enfrentarse a la resolución de una de las consultas más singulares de su carrera como investigadora privada, sino que deberá hacerlo también con el tortuoso camino que emprenderá su desportillado corazón.

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Descripción

LOS HILOS DEL DESTINO

/Libro II Serie Cate Maynes/Novela negra/Romántica/Erótica/

SINOPSIS
«Se supone que me llamo Dominicus Nan. Caí desde un segundo piso. No tengo memoria. Me muero. Quiero saber quién fui».
Esta es la premisa de la que parte la segunda entrega de la serie de la detective privada Cate Maynes. En esta ocasión, Cate no solo tendrá que enfrentarse a la resolución de una de las consultas más singulares de su carrera, sino que deberá hacerlo también con el tortuoso camino que, zarandeado por las dudas y la incertidumbre, emprenderá su desportillado corazón. La investigación se mezclará con los vaivenes de su caótica vida personal, en la que la presencia de Micaela, la mujer más reciente de su vida, cobrará una especial relevancia.
Lo que no podía imaginar Cate es que al final de ambos caminos, el del caso de su peculiar cliente y el de su corazón, le esperaba la mayor de las sorpresas. Y que, en lo que concernía al segundo, no había un punto y final, sino un punto y seguido.

FICHA TÉCNICA 
Libro en versión e-book
Formato: .epub
P.V.P.: 8,29€.

Libro en versión papel
Formato: tapa blanda, rústica con solapas, 14×20,5 cms.
ISBN: 978-84-15899-83-9.
Editorial: Egales.
Fecha de edición: 2014.
Páginas: 372
P.V.P.: 19,95€.

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Hay una mujer sentada en la arena que no sabe quién es. La fina arena dorada acaricia sus pies desnudos, y el calmado mar que bate la orilla le trae el color de la mirada de la mujer que ya no está.
El recuerdo de esa mujer le duele con desesperación. Sabe que ha vuelto a perder y, con ello, a perderse ella. Casi no le importa volver a una vida desmantelada, porque ya todo le da igual desde que la perdió. Su pérdida ha sido la puntilla final, el remate a la pesada losa que siente en el pecho y que amenaza con llevarse su respiración. No le habría importado el resto, las sombras y las mentiras sobre las que se ha asentado su vida entera, el no saber quién es o, exactamente, quién pudo haber sido si la vida no se hubiera dedicado a jugar con su destino.
Porque la mujer sentada en la arena sabe que habría podido afrontarlo todo si ella hubiese estado a su lado.
No ha sido así. Cabecea con angustia, perdiendo la mirada en el mar. Es la segunda vez que le pasa. La segunda vez que una mujer que se ha hecho con su corazón se aleja. La segunda que lo hace cuando más la necesita. Y, por ello, vuelve a sentirse perdida. Vuelve a estar sola.
Pero no es aquí, ni ahora, donde esto empieza. Ni siquiera lo peor de todo.
Lo peor de todo es que la mujer sentada en la arena no sabe si es el final.

Capítulo 1

Supe entonces que todo, fuera de ese beso, de esas cuatro paredes y de la tregua concedida, sería terriblemente complicado. Pero estaba dispuesta a intentarlo y supe, cuando ella terminó el beso y me miró, que ella estaba igual de dispuesta.
Rogué para que ninguna se arrepintiera de empezar ese baile. Acaricié la mejilla de Micaela con el dorso de la mano y ella rindió su rostro sobre mi pecho. Sentí cómo tomaba aire y lo dejaba escapar en una lenta exhalación.
—¿Qué? —susurré.
—No será fácil —respondió, igualando mi tono.
—Lo sé.
La mecí entre mis brazos y nos quedamos en silencio, arrulladas por la música de fondo del Sappho. Lo sentí con claridad. El miedo, dentro de mí. Ahí debí darme cuenta o, al menos, tener el valor de darle un nombre. No lo hice, mentí. A mí, a ella. No sé por qué, aunque es obvio que sí, para qué vamos a engañarnos. Si hay algo que conozco de mí son mis peores defectos, y si hay algo que conozco de mí por encima de todo lo que conozco de mí, es que no iba a hacer nada para enmendarlos. No en ese momento, al menos. Si algún día había de redimirme como persona, lamentablemente estaba lejos de esa fría noche de febrero. En mi descargo he de decir que yo no era así: solo lo logré (ser tan defectuosa) tras arruinarme la vida un año atrás. Había recalado en Océano después de abandonar mi ciudad natal, Illica. Una huida motivada por el eco de los cascotes de lo que hasta entonces había sido mi vida, una policía a la que le gustaba su trabajo y cuyo corazón había encontrado su nombre en el fondo de la mirada de una mujer llamada Helena. La Cate que fui allí y entonces no se reconocería en el espejo de esta Cate de aquí y ahora, ¿resurgida? de sus cenizas empapada en alcohol y sexo con desconocidas. Tenía veintisiete años y me había pasado el último saltando de mujer en mujer y de copa en copa, aunque había tenido la lucidez suficiente como para: a) conservar la verticalidad, y b) un mínimo de sentido común que me permitiera, por un lado, reinventarme como detective privada (con lo bien que eso le venía a mi nivel nutricional y al pago de facturas) y, por otro, reunir a una serie de (novísimos) amigos que todavía no habían descubierto (o más bien no se acababan de creer) que realmente yo era la immmmBécil que merecía ser.
Y entre aquellos que pensaban así, al parecer, estaba Micaela. ¡Ah, Micaela! Una preciosa rubia de veintinueve años, largo cabello, ojos azules y piel suave como el terciopelo. Era dueña del Sappho, un local de ambiente para chicas (y uno de los cinco lugares favoritos de mi vida) de la que servidora era asidua. También, para desgracia de mi atribulado corazón, era puta.
Habíamos tenido el típico inicio del revolcón sin un mañana por horizonte. Nada que no pase cada día bajo el lubricado Sol de este mundo nuestro. Pero Micaela, que tendría que haber sido una más entre tantas, otro sabor en la coñoteca de mi paladar, he aquí que se me coló dentro sin darme cuenta. No sé por dónde entró, ni cómo, pero lo hizo y se quedó el tiempo (o con la intensidad) suficiente como para hacerme detener y que me fijara en esa extraña quemazón que empezaba a señorearse de mis sentidos. Después, la cosa se había complicado un poco, por aquello de que ella era puta y yo imbécil y tal y, en fin, tras un buen lío mental y emocional, el asunto había acabado conmigo en su despacho con el corazón en la mano, como en el juego del Cluedo, versión San Valentín Bollo.
Pero, ¡ay!, tampoco esto es realmente así porque, sí, en efecto, yo había ido esa noche al Sappho para confesarle que había mucho en mí por ella, pero creo que no lo había hecho muy bien, porque ese mucho no había aparecido por ningún lado o no lo había hecho como debería ser: alto, fuerte y claro. Y sé que no había sido justo, como no lo era escudarme en la excusa de mi desmantelada vida, porque sabía que Micaela se jugaba tanto como yo. Había admitido que ya era demasiado tarde para ella y yo, pese a haberme reconocido a mí misma que Micaela no estaba sola en su camino, en lo que sentía, solo fui capaz de apostar un difuso y huidizo «Quiero intentarlo».
Tal vez, si esa noche, y todas las que siguieron, hubiese sido sincera y el miedo no me hubiera paralizado…
Pero estoy adelantando acontecimientos. Lo que ocurrió después aún quedaba lejos de esa primera noche, por mucho que ese día empezaron a asentarse los viciados cimientos que acabarían derribándonos a las dos. Sé bien lo que hice o, más bien, lo que no. No lancé el ancla, no aseguré la nave, no fui sincera con ella. Tuve miedo, y más temor aún de afrontar la razón de su ser. Sobre todo al sentirlo tras besar a una mujer que me gustaba mucho mientras la mecía entre mis brazos.
¡Qué imbécil! Tendría que haberlo hecho, tendría que haberle dicho esa noche que, pese a lo absurdo que pudiera parecerle, estaba empezando a amarla. En su lugar, usé el mismo método que ya había utilizado para desmantelar mi vida anterior: huir hacia delante. En Illica hui de todo lo que había sido, de todo lo que había tenido. Esa noche, en Océano, con Micaela entre mis brazos, hui de lo que sentía. Lo siento, señoras y señores del jurado, Helena (y todo lo que pasó) hiperbolizó en mí el chip del pánico. No toques ese botón, niña, o te reventará la vida. Retrocedí, así, un paso y lo llamé incertidumbre, que es al fin y al cabo la materia de la que estamos hechos: «No —me dije esa noche—, no tienes miedo a quererla y a que de nuevo te rompan el corazón, no es eso. No seas absurda. Apenas la conoces. Es el sexo, es una maravilla. Ese miedo es tan solo vértigo. Estás sola. Es la primera mujer con la que anhelas quedarte más allá de la cama. No es amor, es necesidad».
¡Qué estúpida, ningunear aquello de un modo tan ruin! Si algo puedo alegar en mi defensa es que yo era (lo sigo siendo, hoy más que ayer) una persona que todavía lidiaba con las ruinas de su vida.
Pero, de nuevo, adelanto acontecimientos. Era una noche de invierno y tenía a una hermosa mujer meciéndose entre mis brazos.
Es aquí donde esto empieza.

Más información

Esta novela pertenece a la serie de la detective privada Cate Maynes. Tienes toda la información sobre la misma aquí.

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