El primer caso de Cate Maynes

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Elora Brust, matriarca de una de las principales familias de Océano, contrata a la detective privada Cate Maynes para que medie en un chantaje que afecta a la menor de sus hijos. Lo que en un principio parecía un encargo fácil de resolver se complicará hasta el punto de involucrar personalmente a Cate.

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Descripción

EL PRIMER CASO DE CATE MAYNES

/Libro I Serie Cate Maynes/ Novela negra/ Romántica/ Erótica/

SINOPSIS
Catherine S. Maynes es detective privada. O lo parece. Tiene una licencia, un despacho y, de tanto en cuando, algún que otro caso que llevarse a la lupa. Sin embargo, ahí acaba todo parecido con la realidad. Porque, sinceramente, la profesionalidad de Cate deja mucho que desear: sus métodos son poco rigurosos, descuidados y superficiales, y si resuelve los casos es más por una cuestión de suerte que de pericia. Y es que la titular (y única empleada) de Investigaciones Maynes es un cliché de manual: corazón roto, pasado tomentoso, ligera de copas y partidaria de relaciones que no superen el ciclo de vida de la mosca de la fruta. Ah, y también es imbécil. Bienvenidas y bienvenidos al universo catemaynesiano.
En este primer caso, Elora Brust, matriarca de una de las principales familias de Océano, contrata a Cate para que medie en un chantaje que afecta a la menor de sus hijos. Lo que en un principio parecía un encargo fácil de resolver para una detective de segunda como ella se complicará hasta el punto de involucrar a su desconchado corazón. 

FICHA TÉCNICA 
Libro en versión e-book
Formato: .epub
P.V.P.: 3,99€.

Libro en versión papel
Formato: tapa blanda, rústica sin solapas, 15,24×22,86 cms.
ISBN: 978-1690105251.
Fecha de edición: 2019. (Nueva edición revisada y actualizada del original publicado en 2011).
Páginas: 218.
P.V.P.: 14,24€.
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UNO 

La melodía del móvil rompió el silencio con un sonido estridente. Comprendí, mientras intentaba recordar dónde coño estaba —yo, no el móvil—, que en realidad no era que el tono fuese atronador, sino que el agudo dolor que taladraba mi cabeza aumentaba de forma escandalosa su umbral de resonancia. Nada más abrir un ojo, el sonido cesó. Revisitando viejas promesas acerca de no volver a beber nunca —NUNCA, NUNCA, NUNCA— más, me incorporé.
No tendría que haberlo hecho. Un amago de náusea trepó por mi garganta cuando la habitación empezó a girar a mi alrededor como una peonza. Cerrando los ojos, presioné mi frente en un intento de detener el alocado tiovivo al que se habían subido mis sentidos, al tiempo que un apagado quejido escapaba de mis labios. O el intempestivo carrusel se detenía a la de ya o la iba a palmar en cueros, resacosa y apestando a sudor y sexo.
La ilusión de mi vida, vaya.
Pero tan solo se trataba de los efectos de mi vieja y puntual resaca, así que inspiré hondo un par de veces y solté el aire muy despacio en un intento de aplacar las arcadas. Tras varias tandas, me sentí lo suficientemente estable como para entreabrir los ojos y echar un vistazo.
Ni puñetera idea de dónde estaba; esa fue la conclusión. Es más, también ignoraba quién era la mujer que dormía, desnuda, a mi lado. Tampoco era la primera vez que me pasaba algo así, todo hay que decirlo.
La observé con atención —las mujeres desnudas me gustaban demasiado como para refrenarme por una estúpida resaca—: el delicioso valle de su espalda, la tersura sin mácula de su culo, el desorden de su largo cabello rubio y la inacabable longitud de unas piernas rematadas en unos pies con unos deditos muy graciosos que —esto sí— recordaba haber saboreado con ganas tan solo unas horas atrás.
Coño, las náuseas otra vez. No por la contemplación de la bella durmiente —faltaría más—, sino porque el alcohol que con tanta alegría había ingerido la noche anterior parecía querer tomarse la revancha. Como ya iba a ser bastante grosera —siempre que podía trataba de evitar el incómodo «momento despedida»—, al menos me dio tiempo a alcanzar el cuarto de baño antes de que el contenido de mi estómago regresara para presentarme sus respetos. Ya de paso, pensé que a mi compañera de cama no le importaría que hiciera uso de su ducha. Suelo llevar una muda siempre conmigo en mi bandolera, porque con mi oficio —detective privada, escolta, chica-con-pistola-para-todo— y mis aficiones —sexo, alcohol, sexo, alcohol, sexo, sexo—, prevenir es curar o, como mínimo, aparentar. A mi arma y unas bragas y una camiseta se añadía un minibotiquín de emergencia en el que destacaban las tiritas, el yodo y el paracetamol, este en una cantidad tal como para establecer mi propia red de tráfico de estupefacientes. Por desgracia, siempre acababa por usarlo en mi propio y único beneficio…
Nunca he sabido beber, para qué vamos a engañarnos. En mi defensa alegaré que cuando me inicié en el desagradable mundo de la copita de más acababa de dejar en estado vegetativo a un golfo hideputa, de abandonar el cuerpo de policía tras pasar por un infierno en el que mi nombre y mi reputación personal y profesional habían sido arrastrados por el fango mediático y —lo que más me dolía— de romper la relación más maravillosa de mi vida con la mujer más maravillosa del universo.
Pero de todo ello hacía meses y ahora lo que me preocupaba era recordar el nombre de la mujer de dedos sabrosos. A mi memoria solo acudía el mío, por motivos obvios, y hasta eso era todo un logro en mi estado.
Necesitaba despejarme. El cuarto de baño contaba con un jacuzzi, pero pensé que sería más discreto hacer uso de la ducha. Por mucho que hubiera dedicado las horas previas a saborearla, puede que a la rubia no le gustara que resacosas desconocidas se dedicaran a chapotear en su bañera de hidromasaje.
Las primeras lenguas de agua caían sobre mi cabeza cuando percibí por el rabillo del ojo que no estaba sola. ¡Madre mía!, pensé con admiración al observar a mi todavía desconocida acompañante. Desde luego, había sido muy afortunada, porque esa mujer era preciosa: piel clara, rostro armónico, mirada añil y unos pechos pequeños y firmes que eran todo un logro de ingeniería femenina. ¡Hasta la cicatriz del apéndice que marcaba su costado era de lo más sexy! Saltaba a la vista que se cuidaba y que estaba en forma. No como yo, que el máximo deporte que practicaba era el que relacionaba el ángulo de mi codo con la horizontal de la barra del bar de turno…
Pero seguía sin recordar su nombre, maldita sea. Sabía que nos habíamos conocido en el Powanda, mi lugar favorito para beberme una cerveza —en fin, quien dice cerveza dice ron, whisky, tequila, orujo y demás—. El Pow era una tasca en la que se servía comida y bebida hasta altas horas de la madrugada y cuya propietaria, Caroline, se contaba entre el puñado de amigos que me soportaban. Recordaba haber tomado mucho de lo segundo y poco de lo primero, porque en realidad no tenía hambre, tan solo necesitaba una excusa para beber sin que Carol me soltara el sermón. Mi objetivo era, como siempre, alcanzar el sopor necesario que me permitiera, por un lado, adormecer el dolor que me acompañaba desde que mi vida se había ido por el sumidero y, por otro, relacionarme lo justo para pasar la noche comiéndole el coño a alguien.
No siempre lo lograba. Sí, me comía uno de esos, pero a veces la balanza que engrasaba tan precisa maquinaria —yo como, tú comes, muy buenas, adiós— se desnivelaba y me encontraba con una mujer que, sí, follaba de maravilla, pero que había entendido mal las bases de nuestra relación y acababa exigiendo un futuro que yo no estaba dispuesta a dar. Más que nada, porque no lo tenía y porque ya no me molestaba en buscar uno. Yo tuve un mañana hasta los veintiséis años; a partir de ahí, simplemente se disolvió en un combinado de rencor, emociones descontroladas y toda la impotencia del mundo para salvar lo insalvable.
Sacudí la cabeza para alejar los malos recuerdos. Mi presente estaba estupendamente ocupado por una preciosa rubia de cicatriz sexy que me estudiaba con intensidad. Buceando en esos ojos nublados por el letargo no pude evitar sentir cierto recelo. ¿Era de las que buscaban anillo, gato e hipoteca conjunta? Esperaba que no, y si así era, mala suerte, porque en mí no había ninguna promesa que susurrar al alba. Sexo y ya; eso era todo lo que ofrecía y esperaba.
Y en las horas previas parece ser que hubo bastante de él. Y de calidad, eso no lo había olvidado. Una sonrisa asomó a mis labios manchados de alcohol y fluidos. ¿Tal vez a la rubia le apetecería repetir?
Al parecer, sí, porque entró en la ducha enarbolando una más que significativa mirada. Apenas me dio tiempo a llevarme algo de agua a la boca para un enjuague de emergencia —una dama siempre ha de procurar serlo en la medida de lo posible, sean cuales sean las circunstancias—, pero habría dado igual: el sabor de la suya igualaba a la mía: alcohol y sexo.
Sin que ninguna de las dos hubiésemos pronunciado todavía ni una sola palabra, se acercó, me giró para colocarme de espaldas y, enlazando mi cintura con su brazo para pegarme a ella, encajó la mano libre entre mis muslos. Fue una suerte que estuviera ya mojada por el agua y por la incipiente excitación, porque esa mujer me metió un dedo sin ningún preámbulo. Antes de ello, no obstante, se había asegurado de que podía hacerlo, y fui consciente de que durante todo el tiempo estuvo atenta a que mis gruñidos no pasaran de la excitación a la incomodidad.
Mi rubia desconocida era, al parecer, una experimentada traductora sensorial porque, con la barbilla apoyada sobre mi hombro, incrementó o suavizó el ritmo al son de mi deseo. Cuando apoyé las palmas sobre los azulejos y me abrí más de piernas —si hacía falta, Cate Maynes se abría lo que hiciera falta— ella empezó a mecerse contra mí. Me dolía horrores la cabeza, pero el deseo era infinitamente superior a la molestia, así que me ajusté a su cadencia y me dejé llevar. No había pasado ni siquiera un minuto cuando el primer orgasmo del día subía ya a mi casillero particular.
—¡Micaela! —susurré.
Acababa de recordar su nombre. Jadeante, apoyé la frente en la empapada pared, todavía sacudida por diminutas oleadas residuales. Pero no pude entretenerme demasiado, su acelerada respiración me indicaba que ella también estaba a punto, así que eché los brazos hacia atrás y la sujeté hasta que alcanzó el clímax.
Tras ello, apoyando su mejilla sobre mis omoplatos, Micaela enlazó mi cintura en un estremecido abrazo y yo cubrí sus manos con las mías.
—Lo siento, creo que te has quedado sin agua caliente —dije.
—No importa. —Me giró hacia ella—. Buenos días —susurró antes de besarme a conciencia y sin tregua.
No pude recuperar mis labios y mi aliento hasta que liberó ambos varios segundos después.
—Joder… —jadeé—. ¿Tienes tiempo para uno más? —Por toda respuesta, esbozó una sonrisa electrizante—. ¿En la cama, por favor? Esto queda muy bien en las películas, pero prefiero algo más cómodo.
Ella, al parecer, también. Haciéndose con mi boca de nuevo, fue guiándome hasta el dormitorio en una especie de danza accidentada y frenética. Nos besábamos como si una tuviera algún tipo de deuda pendiente con la otra, y pronto las caricias siguieron el mismo camino. La toqué como si su cuerpo careciera de fronteras, con torpeza, apresurada y cegada por la excitación. Su piel palpitaba bajo la yema de mis dedos con la urgencia de un mensaje taquigrafiado. Ella me tocó a su vez con destreza; al parecer, no tenía nada de torpe.
La había tumbado ya sobre la cama y tomado el rumbo de sus muslos cuando el teléfono empezó a sonar de nuevo.
—¡Joder! —exclamé contrariada.
Intenté hacer caso omiso, pero la llamada no parecía tener intención de cortarse. Todo lo contrario que mi excitación, que amenazaba con batirse en retirada.
—¿Tienes que cogerlo? —Micaela formuló la pregunta en un susurro entrecortado.
—No, no…
Monte de Venus, labios mayores, labios menores, clítoris, vestíbulo y senos, Cate. Es lo único a lo que tienes que atender. La letanía parecía funcionar, sobre todo cuando el móvil dejó de sonar al fin.
Pero apenas unos segundos volvió a la carga.
—¡Mierda!
Micaela retiró con suavidad mi mano de su sexo.
—Será mejor que contestes.
—Lo siento.
—No pasa nada.
Se echó hacia atrás, los ojos tapados con el brazo. Su pecho subía y bajaba de forma arrítmica. Como el mal ya estaba hecho, busqué el móvil, dispuesta a descargar mi frustración sobre mi anónimo interlocutor.
No pude hacerlo, porque se trataba de mi querida mezcla de madre putativa, amiga y confidente, Caroline. Y si ya habría sido feo gritarle siendo todo eso, peor resultaría si su insistencia estuviese motivada por un encargo. A todo lo anterior había que añadirle el título de mecenas, ya que a veces me llegaban trabajos a través de ella.
No obstante, el calentón era el calentón.
—¿Qué? —gruñí al aparato.
Su voz grave y cantarina gorjeó al otro lado de la línea.
—Huy, estamos de resaca, por lo que veo. —Podía adivinar la sonrisa en su tono.
—Algo así. —Por el rabillo del ojo vi cómo Micaela empezaba a tocarse—. ¿Qué quieres? —apremié.
—Tengo algo para ti.
Okey, me paso por allí en media hora. ¡Tres cuartos! —corregí.
Micaela empezaba a agitarse y a gemir de forma queda. Me mordí el labio para no ponerme a aullar. Si no nos entreteníamos demasiado en los prolegómenos y mi dolor de cabeza no empeoraba, nos daba para un par de polvos.
Tres, si me ponía las pilas.
—Imbécil —replicó con amabilidad Caroline—, son las dos de la tarde, no abro hasta las siete, ¿recuerdas? ¿Ya has conseguido cargarte tu única neurona superviviente?
—Pues me paso esta tarde. ¡Nos vemos!
—¿No quieres saber de qué se trata?
—De trabajo, supongo. De esos que se cobran, espero.
Micaela se pasó un dedo por el sexo, otro jugueteaba con el pezón de uno de sus pechos. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa curvaba sus labios.
—¡Adiós! —grité al teléfono un segundo antes de lanzarlo al suelo.
Esperaba haber cortado la llamada o Caroline iba a ser testigo de una sesión de sexo en streaming en toda regla.
Minutos después, Micaela y yo nos acurrucábamos la una en los brazos de la otra. Ella había enterrado la nariz en el hueco de mi cuello y su respiración me hacía cosquillas en la piel. Cerré los ojos y suspiré. Por un instante, la vida pareció querer darme una tregua.
No duró mucho. La familiaridad del gesto trajo indeseados recuerdos y la quemazón que empezó a formarse en la boca de mi estómago creció y creció hasta convertirse en una losa.
Me removí, inquieta.
—Lo siento, tengo que irme…
Ella me miró en silencio durante un par de segundos. Por un momento creí que me preguntaría si volvería a verme, si podía darme su número, si concertábamos otra cita. Pero no lo hizo.
En su lugar, me besó y luego se apartó.
—Claro. —Salió de la cama y se dirigió hacia el cuarto de baño—. Cierra al salir, por favor.
—Ehm… ¿Micaela?
—¿Sí?
—¿Tú sabes dónde he dejado mi coche?
—En el aparcamiento. Vinimos en el mío, estabas algo bebida para conducir.
—Ajá.
Tocaba taxi, pues. Me vestí con el rumor del agua de la ducha de fondo. No sabía si mi abrupta partida la había ofendido, pero ya era demasiado tarde para pensar en eso.
Tras echar una última mirada, dejé el apartamento. Al salir a la calle me saludó la misma cruda soledad que me acompañaba cada nuevo día desde el último año, esa que una noche de sexo y efímero olvido nunca conseguía mitigar.

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