Y abrazarte. Antología de relatos con esa cosa llamada amor dando la tabarra

2,99  IVA incluido

Libro formato .epub

La antología Y abrazarte reúne un puñado de relatos donde el amor (tímido, reencontrado, impetuoso, cotidiano, inesperado o eterno) actúa como denominador común. Siete historias en las que el corazón tendrá la primera y la última palabra en las vidas de sus protagonistas.

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Descripción

Y ABRAZARTE. Antología de relatos con esa cosa llamada amor dando la tabarra

/ Antología/ Relato/ Romántica/

SINOPSIS
Y abrazarte reúne un puñado de historias en las que el amor —cotidiano, tímido, reencontrado, impetuoso, inesperado o eterno— actúa como denominador común. Siete relatos donde el corazón tendrá la primera y la última palabra en las vidas de sus protagonistas.
Índice de relatos:
1. Fire.
2. Buenos días, mundo.
3. Y abrazarte.
4. ¿Te lo puedes creer?
5. Imperator Amorosa.
6. La mujer en mi corazón.
7. Corazón cuarteado.

FICHA TÉCNICA 
Libro en versión digital
Formato: .epub.
P.V.P.: 2,99€.

Libro en versión papel
Puedes comprar el libro en papel en Amazon. Lo encontrarás en dos versiones: en una edición a una sola tinta y en una edición especial con el interior a color.
Formato: tapa blanda, rústica sin solapas, 13×20,5 cms.
ISBN Edición a un sola tinta: 978-1540574572.
ISBN Edición Especial: 978-1540641052.
Fecha de edición: 2016.
Páginas: 197.
P.V.P. Edición a una sola tinta: 9,99€.
P.V.P. Edición Especial: 21,74€.

Lee gratis el relato Fire

Y que me dice, muy bajito: «¿Te acuerdas de aquel beso en el gimnasio, después de la clase de la señorita Mª Eugenia y antes de la de don Jeroni, cuando casi nos pilló el conserje, que iba a preparar el recinto para el festival de primavera?».
Y que le digo que no y que me besa. ME BESA. Como si estuviéramos bajo las gradas del gimnasio después de la clase de Filosofía de la señorita Mª Eugenia y antes de la de Literatura de don Jeroni, a punto de ser pilladas por el conserje (que iba a preparar el recinto para el festival de primavera).
Hace lo mismo con ocho recuerdos (falsos) más, que empiezan bajo la misma premisa: «¿Te acuerdas de aquel beso en…?». Y, así, caen los del patio del instituto, los del cine, los del parque, los de la playa, los besos en su habitación, en la mía, en la de mi hermana, en la de mi otra hermana…
Y soy hija única…
—¿Te acuerdas…? —inicia el noveno.
Levanto, imperativa, una mano. No es que me rinda (que no), pero toda mujer con una libido sana pediría una tregua a estas alturas.
—Si me besas, Navarro, una vez más —exhalo con toda la dignidad que soy capaz de reunir tras ocho besos, con el jadeo como única voz y el deseo pidiendo a gritos una isla a la que arribar—, no respondo.
Ella arquea las cejas al tiempo que las comisuras de su boca se pliegan en un pícaro fruncido. Lo hace exactamente igual, IGUAL, que cuando teníamos diecisiete años.
Mi corazón se acelera, se convierte en ruta por el firmamento, en saltimbanqui sideral. Ya lo tenía revoltoso, pero ahora su trastorno alcanza cotas estratosféricas.
—¿No respondes? —pregunta con su sonrisa de ladrona de instantes—. ¿Eso qué significa? ¿Que no me lo devolverías o que perderías el control?
¡Por favor!… ¿Qué pregunta es esa? Le he devuelto los ocho besos anteriores. ¡Claro que haría lo mismo con el número nueve!
Es lo otro, Navarro, lo otro.
—Factor control —aclaro.
Aunque no creo que haga falta, la verdad.
Ella vuelve a sonreír, y lo hace como alguien que tiene muy claro qué quiere y cómo conseguirlo. ¡Y allá va mi pobre corazoncito! Triple salto mortal con looping de propina. Directo a estamparse contra la Osa Mayor.
Hoy se me mata.
—De acuerdo, perderías el control —dice—. Hum…
Hace como que piensa en ello, pero qué va a estar haciendo eso. Me mantiene cautiva con delicadeza entre su cuerpo y el muro, mientras su mano derecha acaricia mi costado y la izquierda custodia, tierna, mi erizada nuca. Carola Navarro, os lo aseguro, ni de lejos está meditando mi respuesta.
Ni.
De.
Lejos.

—¿Menargues?
—¿Lola?
—¡Menargues!
—¡Lola!
Sonrisas destellantes, brazos en cruz, aproximación, abrazo de trescientos sesenta grados. Solo falta el acompañamiento de violín de fondo. Y la cámara lenta. Y, tal vez, un toque de luz suave.
La perfecta escena de reencuentro.
—¡Aurora Menargues! —exclama Lola mientras me apretuja entre sus rechonchos brazos, castigando mi pobre tímpano con su agudo timbre de voz—. ¡Aurora Menargues! —repite, tan entusiasmada como incrédula.
Que tampoco es para tanto, a ver. Al menos, la parte de incredulidad. Confirmé mi asistencia a la fiesta hará como unos seis meses, digo yo que tiempo le habrá dado a Lola a hacerse a la idea de que iba a venir, ¿no? O tal vez no sea por eso, no sé. Dolores Mantillo siempre fue muy suya para todo…
Pero, en fin, si quiere extasiarse con mi llegada, que lo haga. Por mi parte, sin problema.
—Aurora, Auroreta, Aurorita —canturrea mientras se separa a la distancia de la longitud de su brazo y me examina de arriba abajo—. Ay, jodía, qué reguapa estás. Como siempre.
Deben de ser las dioptrías, pienso, que siempre le dieron mucha fatiguita. Porque guapa, guapa, lo que se dice guapa de canon, yo no soy y nunca lo fui.
Pero, como he dicho, Mantillo siempre fue muy suya.
—Tú, que me miras con buenos ojos —digo. Y añado, cumpliendo el guion no escrito para estos casos—: Y anda que tú no me vas a la zaga.
Pero en su caso es verdad. Lola era bien bonita en su adolescencia, y lo sigue siendo a día de hoy: carnes abundantes y lustrosas, gafas de moldura gruesa sobre mirada color avellana, mejillas arreboladas y pestañas abanico. Lo dicho: más bonita que una puesta de sol en el Kilimanjaro.
—Ay, qué ricura —replica pellizcándome con suavidad la mejilla—. Qué alegría verte, de verdad. ¡Cuánto tiempo! Porque mira que hace tiempo que no nos vemos, ¿eh?
Sonrío con la mordacidad a punto de hacer un clavado desde la punta de mi lengua: «Pues, exactamente, Loli, como unos veinte años. El tiempo que hace que acabamos COU, hija».
Y es que, además, lo dice, y en letras bien grandes, el cartel que recibe a los invitados, el que está justo sobre nuestras cabezas mientras el Solo se vive una vez de las Azúcar Moreno suena de fondo:

BIENVENIDOS Y BIENVENIDAS, VIAJEROS DEL TIEMPO.

¡20 AÑOS OS CONTEMPLAN!

2ª Reunión Promoción 1992-1996.

Pero como sé que todo esto no es más que un cúmulo de frases hechas, le digo que sí, que:
—Cierto, una eternidad.
Porque sé que es lo que se espera que diga.
—Qué ganas tenía de volver a verte, Auroreta. Porque mira que te fuiste lejos, jodía, ¿eh? ¡Bien lejos!
Y me vuelve a pellizcar la mejilla. Eso, aunque parezca raro en una adolescente, ya lo hacía veinte años atrás.
Hay cosas que no cambian nunca.
—Un poco, sí —respondo.
A Massachusetts, así de bien lejos me fui. En concreto, a la bonita ciudad de Cambridge (la de EE.UU., no la británica), en el condado de Middlesex (el de EE.UU., no el británico), empaquetada junto al resto de la familia (gato persa incluido), siguiendo la estela de mamá, flamante fichaje del MIT.
—Hay que ver, Aurora, joder. Estarás hecha toda una yanqui, ¿eh?
—No sé. ¿Lo estoy?
Pero ni caso a mi pregunta. Lola está en modo interrogatorio y no va a distraerse con nimiedades coloquiales.
—Tus padres regresaron, ¿verdad?
—Sí. Aquí los tengo, pasando su dorada jubilación en la sierra de Madrid.
—Chica, y te quedaste.
Me encojo de hombros.
—Ya tenía mi vida hecha allí.
—¿Una buena vida?
—No me puedo quejar.
—¿Y tienes…? ¡Roberto Sanmartín! —chilla de repente, desviando su atención hacia alguien a mi espalda. Lola avanza, brazos glotones en ristre, hacia Roberto Sanmartín, que se lleva el pack completo de achuchón, chillido en el oído y pellizco en la mejilla. A continuación, sin soltar a su presa, se gira hacia mí—. ¡El pequeño Bobby, Aurora! —anuncia, pletórica, como si estuviera presentando al maharajá de Kapurthala.
La verdad es que no recuerdo que Lola fuera de sustancias psicotrópicas, pero puede que ahora le dé al Red Bull en exceso. La encuentro un pelín acelerada… O tal vez ya era así antes, pero como ya no contamos con el colchón de la adolescencia para absorber tanta energía la impresión se magnifica.
Tal vez sea eso.
—Ya veo, ya. —Me adelanto para saludar al ya no tan pequeño Bobby—. ¿Qué tal, Sanma?
—Aurora… ¡Cuánto tiempo!
Y creo que ese va a ser el hit conversacional de la noche: no podrá haber más «Cuánto tiempo» por metro cuadrado en ningún otro lugar del universo.
A menos, claro, que se esté celebrando en él también una reunión de exalumnos…

BIENVENIDOS Y BIENVENIDAS, VIAJEROS DEL AGUJERO DE GUSANO.

¡20 SKRIPTS OS CONTEMPLAN!

2ª Reunión Promoción 8Z32-8X36.

—No te vi en la de los diez años —comenta Roberto tras darnos el protocolario par de besos.
—Seguía en Matachuches —responde por mí Lola—. A Auroreta hace tiempo que se le cambió el ADN por el DNA.
No es un gran chiste, pero junto con lo de Matachuches le ha quedado apañadito, así que los tres nos reímos con discreción.
—¿No te puede todavía la morriña? —pregunta Roberto.
—Una se acostumbra a todo.
Es una típica reunión de reencuentro, así que tiraré de tópico, que es lo que espera todo el mundo:
«¡Cuánto tiempo!».
«No has cambiado nada».
«¿Te acuerdas de…?».
«¿Recuerdas cuando…?».
«Madre mía, han pasado siglos».
«¡Oh, Dios, esa canción!».
«¿Y qué tal te va?».
Y yo diré que sí, mucho (¡veinte, joder, VEINTE! ¿Es que nadie ve el cartel, por favor?), que tú tampoco, y sí, me acuerdo, qué tiempos aquellos, oh, sí, esa canción…
Y nadie se dará cuenta, porque realmente nadie lo preguntará en serio. Estamos aquí para rompernos de nostalgia, y reírnos, y tal vez para escanear arrugas, grasa abdominal, alopecias y todo aquello que se hace en una reunión de viejos amigos que tampoco lo son ya tanto. O tal vez sí, pero no en mi caso. Yo, que me fui. Yo, que lo dejé todo atrás.
Y a todos…
Lola nos entrega unas tarjetas plastificadas.
—Vuestras identificaciones, chicos.
Estamos cerca ya de los cuarenta, pero todavía somos «chicos». (Claro que sí, Loli).
Me ayuda a prenderla en el bolsillo de mi camisa y me doy cuenta de que junto al nombre impreso hay una foto de mi yo adolescente.
—¡Oh, por favor…! —me lamento, mirándola con espanto.
¿Yo una vez fui así?
—No te quejes. —Una mueca de resignación curva los labios de Roberto—. Tú al menos no pareces una foto de archivo de la NASA… —Señala su fotografía—. ¡Bienvenidos a la cara oculta de la Luna, terrícolas!
Le lanzo una mirada indulgente. Sanmartín tuvo un (grave) problema de acné entre los quince y los diecisiete, y la posteridad, al parecer, se empeña en que nadie lo olvide.
—Dolors, maja —se queja—, ya podrías haber echado mano del Photoshop.
—Calla, tonto. —Lola, sonriente hasta el punto de ebullición, rechaza sus palabras con un gesto—. ¿Y lo que ganas con la comparación, eh? —Cabecea hacia la puerta—. Anda, pasad. Prácticamente ya ha llegado todo el mundo.
Y nos empuja, amable pero firmemente, hacia el interior del gimnasio, donde las Azúcar Moreno se extinguen para dar paso a Ketama y su No estamos locos.
—Si ponen la Macarena, moriré —digo mientras mi mirada recorre las largas mesas llenas de comida y bebida a cuyo alrededor orbitan grupúsculos que charlotean y gesticulan en distintos grados de intensidad.
—La pondrán —augura Roberto en tono lúgubre—. Ya lo hicieron en la primera reunión. Prepárate para el estallido de córneas cuando todo el mundo se ponga a hacer el bailecito de marras…
—No pueden obligarnos. —Le miro, alarmada—. No, ¿verdad?
—¿Tú qué crees? —Se encoge de hombros un gesto entre divertido y resignado.
—Oh, por favor…
—Es lo que hay, Aurora. ¡Bienvenida, viajera del tiempo! —Se ríe con ganas mientras me da unos toquecitos consoladores en la espalda.
—¡Aurora Sanmartín y Roberto Menargues! —aúlla alguien acercándose a velocidad de crucero (si bien, con una trayectoria algo errática).
El vaso de plástico que lleva en la mano ese alguien rebosa borde abajo, y va dejando a su paso un caminito de oscuros manchurrones. Entorno la mirada, porque no estoy muy segura de quién es, aunque me suena una barbaridad.
—Aurora Menargues y Roberto Sanmartín —le corrige con amabilidad Roberto—. Pablete, ¿qué tal? —Y adelanta la mano, porque creo que teme, y con razón, que quiera estrujarle en un, a todas luces, beodo abrazo.
—Bueno, tu apellido, su apellido… ¿Qué más da? —Le resta importancia Pablo, agitando los dedos—. Sois quienes sois, ¿no? Pues ya está —concluye, estrechando con énfasis desmedido la mano tendida de Roberto. Si el pobre se había hecho la ilusión de volver a casa con ella… —¡Y Aurorita! —exclama con entusiasmo, pasando a centrar su atención en mí—. Chica, a ti sí hace un porrón que no te veía.
Yo no tengo los reflejos de Roberto (maldita sea, me falta la experiencia de «¡BIENVENIDOS Y BIENVENIDAS, VIAJEROS DEL TIEMPO! ¡10 AÑOS OS CONTEMPLAN! 1ª REUNIÓN PROMOCIÓN 1992-1996») y no puedo zafarme del estrujón.
—Pablo, qué bien te veo —digo medio asfixiada por el abrazo y el efluvio alcohólico.
Y qué mentira… Porque Pablo Pablete está hinchado como un globo, una telaraña de venas rojas recubre su nariz y sus mejillas y donde antaño hubo mata de pelo bien frondosa no hay ahora más que una triste maleza hirsuta. Está, a todas luces, avejentado. Observo que todavía no farfulla, pero sí da muestras de una ligera descoordinación. Pablo San Luján era el alma de las fiestas, el entregado juerguista que las promovía, iniciaba, animaba y liquidaba. Todo un borrachín social, vaya.
Al parecer, ha seguido en el negocio todos estos años…
—Acercaos a la barra, hay priva de sobra. —Dibuja con el brazo un arco hacia atrás tan amplio que a punto está de hacerle perder la vertical—. ¡Ana Lizana! —chilla cuando recupera el equilibrio al identificar a un nuevo objetivo que entra en esos momentos.
Y se va, dejándonos con la palabra en la boca.
—Sara Lomana, ¿verdad? —aventuro, siguiendo con la mirada la inestable trayectoria de Pablo.
—Cierto —me confirma Roberto.
—¿La reunión no empezaba a las ocho y media?
—Sí.
—Apenas son las nueve…
—Cierto —repite, y me lanza una mirada llena de significado—. No es un mal tío, pero es un poco pesado cuando se pone así.
—¿En las reuniones?
Tuerce el gesto.
—Siempre.
—¿Has seguido en contacto con él?
—Con él y un grupito. Lola, por ejemplo. Manolo.
—¿Sánchez?
—Torres. Y Esperanza, que se casó con Paco, el repetidor. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo.
—Y… Carola.
Y… Carola, dice. ¿Soy yo o ha dejado pasar un segundo de expectación antes de pronunciar su nombre, con un tono que se me antoja de cierto énfasis?
—Navarro. Carola Navarro —continúa, como si mi silencio fuese a causa de mi desmemoria y no de un sobresalto cardíacoestomacal que espero no alcance mi rostro.
—Sí, Carola —repito, intentando que la voz sea cuerda y no hilo—. Navarro. Carola Navarro.
—Esa misma.
Y me mira, y creo que más que eso: me examina. Y me asalta la duda. No puede saberlo, ¿verdad? No puede.
Pero, por otra parte, dice que ha seguido en contacto con un grupito… y Carola. Carola Navarro.
—Qué bien —digo, todavía conmocionada—. Yo acabé por perder de vista a todos.
—Porque quisiste, coño, Aurorita. Que entonces no habría Facebook ni WhatsApp —dice, no sin cierto reproche—, pero el correo postal seguía funcionando a las mil maravillas. ¿O es que allá en los USA tirabais de tam-tam?
—Timbales. Eran timbales, Sanma.
Sonrío para enmascarar la desazón que me asalta. Me merezco su amonestación. Porque me fui, sí, y lo hice del todo.
Y, como he dicho, de todos.
—¿Y te has alimentado a base de hamburguesas?
—Solo los quince primeros años. Después me pasé al chicle.
—¿Y qué haces por allá, si puedo preguntar? ¿Qué ha sido de Aurora Menargues desde que partió allende los mares?
Con suavidad, me enlaza por el codo para tomar rumbo hacia una de las mesas, donde señala con gesto interrogante una cubeta llena de agua y hielo en la que nadan varios botellines de cerveza. Ante mi gesto afirmativo, tras destaparlo, me pasa uno.
—Editora —respondo después de dar un primer trago.
—¿Editora?
—De esas cosas llamadas libros.
Roberto se lleva la mano libre a la mejilla y su boca moldea un perplejo «¡Oh!» que me hace emitir una breve carcajada. La risotada deriva en una sonrisa nostálgica y la sensación regresa de golpe: la familiaridad, la conexión… Ay, el pequeño Bobby. Yo me llevaba bien con este hombre. Majete, accesible, con un puntito irónico. Un amigo. Y también me lo dejé atrás…
Experimento una punzada entre melancólica y recelosa y me pregunto si he hecho bien al venir, si lo he hecho al rescatar, del fondo del cajón donde lo había metido, oculto bajo mi nueva vieja vida, el pasado.
Con lo bien que me sentaba la venda sobre el corazón, allá en los USA
—¿Y qué tipo de libros editas? Porque si me dices que son de los que llevan letras… —Y vuelve a repetir el gesto del atónito «¡Oh!».
Sí, era majo el pequeño Bobby…
—Pues sí, de esos.
—Coño, Auroreta, ¿y no encontraste otra cosa con la que arruinarte?
—Por supuesto —replico, sonriendo—. Montar una librería.
—¡Anda ya! ¿Yo me lo guiso, yo me lo como?
—Tal que así.
—¿Y comes todos los días?
—Más que eso. Chicles pata negra, ahí es nada.
Levanta su botellín hacía mí.
—¡Por la vida de lujo y desenfreno, yeah!
Nuestro brindis es interrumpido por un acercamiento a babor.
—Madre mía, ¿qué ven mis ojos, quién está aquí, quién nos honra con su visita? ¡Menargues, Aurora María!
Un impertinente dedo invade mi espacio vital, me señala con descaro mientras revolotea alrededor de mi nariz. ¡¿Pero se puede saber qué coño nos dieron a los de nuestra generación, que andamos ahora así de espídicos, joder?!
—Primera fila, pupitre frente a la mesa del profesor. Clase E, de empollona. De notable no bajabas. ¿Me equivoco?
Mierda, qué ven mis ojos, quién está aquí, quién me fastidia con su visita… José Juan Tordesillas, Joseju. Clase G, de gilipollas.
—Presente —replico, no obstante, tragándome el instantáneo fastidio que me ha provocado la interrupción—. ¿Qué tal?
¡FLASCA! Joseju, por toda respuesta, me planta dos besos, mientras Roberto se lleva, casi sin transición, su buena sacudida de mano, arriba y abajo, abajo y arriba.
No le llega la extremidad a mañana al pobre, no…
—Bueno, bueno, bueno, cómo tira la cabra al monte, ¿eh? —Joseju nos señala de forma alternativa con un índice aspirante a limpiaparabrisas—. Igualito que en el insti: tanto monta, monta tanto, vosotros dos. —Se ríe a carcajada limpia, pero ni Roberto ni yo le secundamos, así que la risotada se le diluye en una sonrisita de circunstancias—. Hala, coño, pues a divertirse, que es gerundio —se despide con exagerada alegría, dándole una brutal palmada en el hombro a Roberto y enfilando hacia el siguiente «Madre mía, ¿qué ven mis ojos, quién está aquí, quién nos honra con su visita…?».
—Digo yo, que explicarle lo que es gerundio, como que no, ¿no? —musita Roberto con una sonrisa maliciosa al tiempo que me guiña un ojo.
La sensación de comodidad se extiende, templando mi sangre como lo harían las primeras llamas de una fogata en una noche de invierno. Y tanto que me llevaba bien con él… Hablábamos mucho, muchísimo. De todo, todísimo. Y es verdad lo que ha dicho Joseju, éramos tanto monta, monta tanto, nosotros dos. ¿Cómo pude perder su amistad? ¿Por qué no lo conservé, al menos, a él?
Roberto interrumpe mi silenciosa autoflagelación señalándose el pecho con la mano que sujeta el botellín.
—Decano de la Facultad de Ciencias —dice—. Aunque mi estado natural es la de profesor del departamento de Química Analítica, Nutrición y Bromatología.
—¡Hala! —exclamo con una sonrisa—. Enhorabuena por el cargo, don Cerebrín.
Él responde plegándose en una teatral reverencia.
—Si la señora necesita un estudio de la composición química de sus chicles pata negra —dice—, soy su hombre.
—Lo tendré en cuenta, gracias.
Imito su genuflexión de forma desmañada. Cuando regreso a mi posición, una mirada preñada de añoranza me recibe.
—Joder, Rora, ¿por qué sacaste el hacha? —Su boca se curva en un mohín—. Si con un par de cartitas al año y una miserable llamada me habría conformado…
Sonrío, pese al tajo hendido con tanta elegancia como legítimo reproche. Éramos tantomontamontatanto, sí, y mira que no ha tardado nada en coger de nuevo el ritmo…
—Lo siento. No tengo excusa, lo sé. Pero… —Me encojo de hombros—. Estaba muy lejos, y los planes de mamá eran a muy largo plazo y…
… aquí estaba Navarro, Carola, y todo era demasiado.
Pero eso no lo digo en voz alta.
—Ya. —Chasquea los labios—. Tú, con tal de no compartir tu lujosa vida de chicles y desenfreno…
Me río, pero no es una carcajada alegre. Es una que tapa huecos, trata de sortear grietas en el hielo. Y casi lo consigue. Casi.
—Yo no te la habría mencionado si tú a mí no —dice él sin transición—. No la habría llevado a tu vida de Matachuches si no es lo que querías.
Y, pese al intento de quitarle hierro, la solemnidad de sus palabras es palpable y ya tengo mi respuesta: sí, lo sabe. Y me pregunto: ¿Podemos permitirnos esto? ¿Sobre las cenizas de una amistad juvenil? ¿Tras veinte años sin tratarnos?
Y me encuentro pensando, pese a todo, que sí, que tal vez podríamos.
Ladeo la cabeza para estudiarlo unos segundos. Vacío mi botellín de un trago y digo:
—Madre mía, señor decano, no se anda usted por las ramas…
Y entonces él, con toda la naturalidad del mundo, dice:
—Cáncer. Testicular. Superado. Dos años después, mi mujer. De páncreas. Fulminante. —Deja escapar un leve suspiro mientras su mirada se hace tanto resignación como nuevo día—. Entre uno y otro, asimilé unas cuantas lecciones vitales. —Me guiña un ojo—. ¿Te vale eso?
Le miro, conmocionada.
—Joder, Roberto… Lo siento.
—Gracias. Hace mucho ya de eso.
—¿Y estás bien?
—Estoy aquí —dice, rotundo.
Cierro los ojos, sintiéndome miserable.
—Joder, pero cuánto lo siento, de verdad.
—Ya pasó, Aurora. Y yo estoy limpio, ya te digo.
—Y me alegro infinitamente por ello. —La nostalgia se filtra en mi tono junto a una súbita tristeza cuando añado—: Y también siento haberme dejado esa parte de mi vida aquí.
—Tal vez no te cabía en la maleta… —dice él con cautela.
—Tal vez.
Vacía su botellín y se hace con otro par, pasándome uno a mí.
—Una de las cosas que he aprendido, ¿sabes?, es que no hay que dejar pasar ni a las oportunidades ni a las personas. Que hay que tirarse de cabeza, cubra o no el agua. Y darle todo el puto campo al corazón, Rora, toda la cancha. Para que corra como lo haría un niño tras una pelota. —Sonríe con afabilidad—. Los días que dejas atrás, Auroreta, no regresan jamás. —Y añade, tras una ligera pausa—: Pero puede haber nuevos días, y encajar en ellos a viejas personas…
Le miro, anonadada. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Diez, quince minutos? Y ya está, lo ha hecho: ha encajado la pieza. Veinte años de silencio salvados de un solo plumazo…
No puedo pronunciar palabra y él se da cuenta.
—Lo siento —dice—. ¿Excesivo, tal vez?
Digo «No, no» agitando de forma repetitiva la cabeza.
—Bebe, te vendrá bien —me aconseja, señalando mi botellín.
Digo «Sí, sí» usando el mismo lenguaje gestual.
—¿Mejor? —pregunta con amabilidad tras mi largo, necesitado trago.
—Progresando adecuadamente —logro responder.
Sonríe con amplitud. Veo, en sus ojos, en su sonrisa, al chaval que fue, al que siempre quise contárselo todo y nunca me atreví. Y este hombre que ahora es lo ha puesto sobre la mesa.
Tal vez, a los diecisiete yo era más transparente de lo que creía…
—Es que tengo que aprovechar, ¿sabes? Y si te vas por otros veinte años… —Se encoge de hombros—. Bueno, pues ya te llevas algo en qué pensar, ¿no?
—Y tanto… —murmuro, todavía conmocionada.
Habrán pasado veinte años, y este Roberto Sanmartín ya no será el pequeño Bobby, pero sí. Lo es.
Vaya si lo es.
—Gracias —digo.
—¿Por?
—Por dejarme volver.
—¿Aquí?
—A ti. Nuestra amistad.
Una amplia sonrisa ilumina su expresión.
—Para mí nunca te fuiste.
—¿Cómo lo consigues? —pregunto, admirada—. Hacerlo tan fácil.
Esboza una sonrisa que parece que haya estado en muchos lugares, de los que ha regresado con una pequeña mochila cargada a la espalda.
—Porque para ponérnoslo difícil ya están las cosas que no podemos controlar, ¿no crees? Si yo puedo hablar, tú, escuchar, y viceversa, ¿por qué no hacerlo?
—Son muchos años de silencio, de distancia…
—Y los que tuvimos de palabras y cercanía fueron muy importantes —replica. Hace una pausa y añade, solemne—: Para mí, al menos.
—Para mí también —le aseguro—. No sé cómo pude olvidarlo.
—Por el lote.
—¿El lote?
Sonríe, y es una de esas sonrisas perdonavidas, de cachete amistoso.
—Supongo que todos íbamos en el mismo paquete. Querías dejar atrás una parte de él y al final nos dejaste a todos.
—Lo siento.
—Tuvo que ser difícil para ti también.
—Mucho. —Le miro, frunciendo el ceño—. Entonces… ¿lo sabes?
—¿Lo tuyo con Carola? Sí. Me lo contó ella.
La revelación me deja petrificada. Pasan unos segundos antes de que pueda articular palabra.
—Ella… —musito.
Mi corazón el saltimbanqui, el acróbata de estrellas, se convierte ahora en trapecista.
—Hemos seguido en contacto —me recuerda Roberto.
—Ya.
Los primeros acordes de Zombie, de The Cranberries, suenan de fondo y yo paseo la mirada por el engalanado recinto. Pablo Pablete está a un minuto de dislocarse algo o quedarse sin dientes; su menosprecio por la verticalidad es manifiestamente escandaloso. Lola parece una ninfa, revoloteando aquí y allá mientras dispensa sonrisas y pellizcos con etérea generosidad. Joseju El Gilipollas anda ejerciendo de lo suyo con extraordinaria intensidad…
Pienso en Roberto, en su pena, su valentía, y siento un zarpazo de horror, porque podría haberlo perdido sin un adiós, sin un «Fuiste importante para mí», sin un «Gracias por estar ahí esos años».
Lo recuerdo casi todo y a casi todos: los planes que trazábamos con la temeridad de la ignorancia. Los pactos de eternidad insuflados por la euforia de la adolescencia. Los «A mí eso nunca me pasará». Los «Yo nunca seré como mis padres». Aquellos que parecían que iban a comerse el mundo. Aquellos que nos quedábamos agazapados en una esquina…
¿Lo conseguisteis? ¿Lo hicisteis? ¿Se cumplió? ¿Qué habría pasado si hace veinte años, cuando la vida todavía era una promesa y todos los días estaban por venir, todas las ilusiones por construir y todos los sueños por ser vividos, se nos hubiera otorgado el don de asomarnos al futuro? ¿Qué habríamos hecho? ¿Aterrorizarnos de nuestros yoes futuros? ¿Luchar? ¿Desistir? ¿Confiar? ¿Perder? ¿Buscar? ¿Intentar?
¿Decirle que sí?
—Qué mal lo hice todo, Bobby —musito, presa de las consecuencias de las decisiones erróneas.
Sabía que el dolor iba a ser el pago por estar aquí esta noche, pero nada podría haber evitado que viniera. Cuando recibí la invitación estuve en un tris de hacerle seguir el mismo camino que la de la reunión de los diez años: la papelera de mi servidor de correo. Pero aquel día miré por la ventana y vi la capa de hielo que coronaba el río Charles, los arcos de acero del puente Longfellow y el skyline de los rascacielos de oficinas, un paisaje que había hecho mío a fuerza de entregarle mi mirada. Y supe que no, que ese no era mi horizonte, el que llevaba dentro, el que guardaba en una cajita para no tener que dolerme por él. Como supe también que había algo ausente en ese interior mío, algo vacío, que necesitaba encontrar su lugar. Aquel día fui consciente de que iba a hacerlo, volver, aunque todavía ignorase (o, realmente, no quisiera saberlo) la razón última de ese regreso.
Roberto sonríe de forma indulgente, me pasa un brazo sobre el hombro, se inclina y me susurra al oído:
—¿Sabes que va a venir? —Y añade, con la sonrisa surfeando sobre su voz—: ¿Sabes que ya está aquí?
Toca con su pulgar mi barbilla, la dirige con suavidad hacia la entrada del gimnasio.
Y, sí, ella ya está aquí. Navarro, Carola.

Fire, de Bruce Springsteen, empieza a sonar en ese momento y los acordes de guitarra reverberan en mi pecho con tal intensidad que por un instante desplazan a los latidos de mi circense corazón. No puede ser casualidad que acompañe su entrada. Fue la canción de su adiós.
Carola sabe que estoy aquí. Por supuesto que lo sabe. Entra decidida y directa hacia donde estamos, mirándome solo a mí, convirtiendo mis ojos en rehenes de los suyos, y apenas soy consciente del «Hala, ya te apañas tú sola» que Roberto me susurra, divertido, antes de dejarme sola.
Y Navarro, Carola, que viene decidida y directa hacia mí y ha convertido en cautiva mi mirada, tiene exactamente, exactamente, la misma expresión de antaño, la de aquellos años de instituto, cuando nos enamoramos, cuando dijo: «Podremos con todo». Y creo que la mía es idéntica a la de mi yo de entonces, cuando le dije: «No» aterrada, débil. Cobarde, al fin y al cabo.
No me da tiempo de profundizar en el porqué de esa regresión emocional, por qué en mi interior estoy mimetizando lo que sentí cuando ajusticié nuestro amor, porque Carola (Dios mío, ¿puede seguir tan magnética como entonces? ¿Puede?) se acerca resuelta a mí, esquivando a Pablo, pasando olímpicamente de Joseju, lanzándole un guiño a Lola y un asentimiento de cabeza a Roberto. Y se detiene cuando llega a mi altura, y no dice nada, y no hace falta, porque ya habla el brillo de su mirada y el arrebatado latido de la yugular que palpita en su garganta.
Creo que el corazón se me ha parado. Creo que no.
—Hola.
Es su única palabra tras unos segundos durante los que la teoría de la relatividad debe de haber experimentado una señora sacudida. Y yo no sé qué hace ahora este corazón mío practicando pressing catch entre las paredes de mi cavidad torácica, de verdad que no lo sé. ¿Acaso no han pasado veinte años, eh? ¡Veinte! ¿Recuerdas, estúpido cabezota?
Pero ahí está el insensato de mi órgano vital, ejecutando un glorioso whisper in the wind * justo en el centro de mi pecho.
—Carola… —logro decir, consciente de que la sangre que debería haberse repartido entre mis órganos ha sido cedida por completo a mis mejillas.
El silencio y un feroz rubor vuelven a instalarse entre nosotras. Veo a la chica de diecisiete años en esta mujer de treinta y siete que me mira callada e intensa, la descubro bajo los primeros pliegues de la madurez que cercan sus ojos, y supongo que ella ve también en mí la misma huella del paso del tiempo.
Y sonríe. Navarro, Carola, sonríe. Y sospecho que mi corazón acaba de instaurar un gobierno de facto para hacerse con el control, porque, de súbito, soy todo latido…

Tus palabras hablan de ruptura, pero tus palabras mienten…

 Joder… Cierro los ojos al escuchar al Boss recitar los versos que hacen encallar mi respiración en un banco de arena. Esas palabras son las mismas de las que Carola se sirvió aquel último día, el del adiós, cuando le rompí el corazón y escondí tras la espalda los pedazos del mío…
Mi respiración se reactiva, pero lo hace cargada de precaución. Abro los ojos y lo noto, está aquí, dentro de mí: el vínculo que en su momento me ató a ella. Ese lazo invisible abandona el ayer, se hace hoy, mi cuerpo recuerda de súbito la conexión, lo hace mi alma, cada centímetro de mi piel, gota de mi sangre y átomo de mi carne.
Las palabras de Springsteen sirven de eco al son de mi interior…

Te apoderaste de mí desde el principio, con tanta intensidad que no pude liberarme…

Y en ese momento, lo sé. La razón de mi regreso, por qué estoy aquí, por qué he decidido volver después de veinte años de ausencia.
Y Carola parece saberlo también porque, extendiendo su mano hacia mí, me pide con suavidad:
—Ven. Por favor.
Lo hago, la sigo. Aferro su mano y ya no sé dónde acaban sus dedos y empiezan los míos, qué latido le pertenece a ella y cuál a mí. Sin mirar atrás ni a nada ni a nadie, atravesamos el gimnasio hasta alcanzar el exterior.
Sé adónde nos lleva: a nuestro rincón, nuestro lugar secreto, aquel en el que nuestras miradas cambiaron de significado, y los primeros besos cayeron, furtivos, apresurados, y me dijo que me quería y yo dije «no».
—Carola…
La voz me sale agarrotada, anhelante pero temerosa. Pero ella es de las que se quedan con la parte que le interesa y, así, no suelta mi mano, no se gira hacia mí. No es brusca, pero sí firme, y, todavía con nuestras manos enlazadas, tira de mí hasta que llegamos a la palmera de doble tronco que triangula la esquina del patio, esa bajo cuyas palmas en forma de pluma de pájaro nos cobijábamos de las miradas ajenas.
Se detiene. Sus hombros se yerguen y caen al ritmo de una profunda inspiración. Suelta mi mano. Se gira. Su mirada vuelve a secuestrar mis pupilas, rendidas desde el primer momento al síndrome de Estocolmo.
—Ura… —susurra.
La palabra atraviesa el aire, entra en mí, se hace señora del Tiempo, se enrosca en mi nuca, donde el cosquilleo del espectro de unos labios erizan mi piel como si su dueña estuviera detrás de mí enlazando mi cintura como solía hacer, pronunciando mi nombre en un murmullo, como también solía hacer. Nunca nadie me ha vuelto a llamar así, ni ahora ni antes. Nunca.
La palabra se convierte en sortilegio y en ese instante siento la Vida, en mayúscula, recorriendo mis venas, derrochando latidos como si de un excéntrico millonario lanzando billetes desde una ventana se tratara, como si lo vivido hasta ahora no hubiese sido más que un sucedáneo, un espejismo, una copia pirata de todo lo que es verdadero, profundo y conmovedor.
Pero no, no puede ser. Esto es el espejismo, me obligo a decirme, tratando de contener el torrente de emociones que se han colado como polizones en mis sentimientos. Es la situación, solo eso, insisto. Porque ella, el lugar, la música de Bruce…
—¿Has sido tú? ¿La canción?
Mi pregunta es algo brusca, pero Carola sonríe ladeando la cabeza y solo puedo pensar que sí, joder, sigue tan magnética como antes.
—Un mensaje de WhatsApp anunciando a la jefa del cotarro que llegaba —explica.
—¿Lola?
—Lola.
—¿Ella sabe algo de…?
—No, pero ya sabes lo complaciente que era. Y sigue siéndolo.
Mis ojos se convierten en dos estrechas ranuras.
—Lo tenías planeado. Sabías que iba a venir.
No puedo evitar el muro defensivo, aun sabiendo que el enemigo no está fuera de las murallas, sino dentro de mí. Y que no, que no es un espejismo. Y que sí, lo que siento es de verdad. Porque este descontrolado tump tump tump tump de mi pecho no puede mentir. Dios mío, ¿qué he hecho durante los últimos veinte años de mi vida?
—Sí —admite—. Me lo dijo Roberto, que se lo preguntó a su vez a Lola. Aun así, no las tenía todas conmigo. No viniste a la de los diez…
—No, no lo hice.
—¿No pudiste?
—No quise.
—¿Por qué?
No le contesto. Pese al estruendo en mi pecho, pese al estúpido cabezota circense, todavía no estoy preparada. No sé si para admitir la respuesta o para que ella la sepa.
Pero Navarro, Carola, no era de las que se amilanaban con el silencio.
—¿Te fue bien por allí? —pregunta.
—No me puedo quejar.
Mi respuesta es cortante, y es que no puedo atender tantos frentes, atrapar tantos sentimientos enfrentados corriendo de aquí para allá. Y sé que debo decidirme: o los meto a todos en la mazmorra o abro las puertas de par en par y que sea lo que tenga que ser.
—¿Tus padres?
—Jubilados ya. Se volvieron hace un par de años.
—¿Y tú? ¿Tienes planes de regresar o esta es tan solo una visita de cortesía?
—Regreso a Estados Unidos la semana que viene. Todavía no me planteo volver.
—Claro, tendrás tu vida hecha allí…
—Sí.
—¿Estás con alguien? —pregunta a bocajarro.
Parpadeo, perpleja. Creo que la andanada de preguntas que me ha hecho hasta ahora solo ha sido el telón que oculta la verdadera función, la distracción del pediatra para clavar la aguja en el confiado bebé.
—No —digo al cabo de unos segundos.
Podría haber dicho que sí y zanjar aquello en ese momento. Dejarlo donde se quedó.
Pero no he podido.
—Yo tampoco —dice ella, y su mirada se hace tacto, está en todas partes, hasta dentro de mí—. Me casé —continúa—. Con un hombre. Fue un error. Me separé.
Se calla. ¿Mi turno?
—Yo no me casé.
Mis palabras salen torpes, amontonadas. Y cobardes. No me atrevo a decírselo.
—Pero con alguien saldrías…
—Sí.
—¿Mujeres?
La Carola que conocí era siempre muy directa y en eso no parece haber cambiado. Está aquí, le ha pedido a Lola que ponga Fire y me ha llevado a nuestro rincón. Por supuesto que no se iba a andar con tonterías a estas alturas.
—Sí —digo muy bajito al cabo de un segundo.
Porque sé que le va a doler. Y lo hace, lo leo en su mirada, que se aparta de la mía un instante. Si regresara cargada de reproche y decepción estaría en su derecho. Yo la dejé porque no aceptaba estar enamorada de otra mujer, y cuando descubrí que jamás podría hacerlo de nadie que no lo fuera, mediaba ya medio mundo y dos años entre nosotras.
Pero lo realmente importante de ese descubrimiento fue ser consciente de que no se trataba de otras mujeres, en general, sino de una en particular. Ella. En ese momento quise convencerme de que ya era demasiado tarde.
Empiezo a creer que no lo habría sido. Y ahora a la que le duele es a mí. Mucho. Aunque, en el fondo, nunca dejó de hacerlo…
—Lo siento. —Es lo único que se me ocurre decir, con las lágrimas a punto de tomar por asalto mis mejillas y la congoja, mi garganta.
—No llores —dice ella con suavidad—. Ha pasado el tiempo suficiente como para que eso ya no nos afecte.
Pero es una mentira piadosa, porque sí lo hace.
—Siento haber sido tan cobarde.
—No estabas preparada.
—Tú sí.
—No tanto como quería aparentar. Pero estabas tú. —Se encoge de hombros—. Una de las dos tenía que tomar las riendas, ¿no?
—Y te fallé.
Sacude la cabeza, como queriendo aligerar el peso del remordimiento enganchado a mis palabras.
—Era una de las dos posibilidades. Mala suerte.
—¿Has estado bien? —me atrevo a preguntarle.
—Durante mucho tiempo, no —admite—. Pero acabé saliendo.
—Lo siento.
—Lo sé, pero no es necesario que te disculpes. Teníamos diecisiete años, ya está. Éramos unas crías.
Pero ya no, pienso. Y en este instante decido asumir la respuesta, porque ella merece saberla. Estamos aquí, ya no somos unas adolescentes. Ella ha venido directa hacia mí y yo he aferrado su mano. Abramos las malditas puertas…
—No vine a la reunión de los diez años porque una década no era tiempo suficiente. —Carola hace un gesto interrogante y yo tomo aire y lo expulso a continuación con lentitud—. Para dejarlo todo atrás.
Sus ojos se oscurecen.
—¿Dejar qué?
—Lo que sentía.
—¿Sentías? ¿Rencor? ¿Odio?
—No, claro que no.
Ella, inteligente, deja que el silencio haga su trabajo, sus pupilas cada vez más oscuras.
—Amor —confieso en una exhalación—. Me fui queriéndote, te dejé atrás queriéndote. Y pasé mucho tiempo haciéndolo…
Da un paso hacia mí.
—Para mí, ni siquiera dos han sido suficiente.
—¿Dos qué? —pregunto, aturdida por su cercanía.
—Décadas. Para dejarte a ti atrás.
Inquieta, hago un gesto con la mano para que se detenga, al tiempo que me retiro un paso.
—Esto no… Es imposible…
Pese a todo, pese a asumir la respuesta y abrir puertas carcelarias, quedan todavía en mí restos de aquella Aurora de diecisiete años que tuvo miedo de romper con todo.
—¿El qué es imposible? —susurra, y su tono no deja lugar a dudas.
Su mirada, mucho menos.
—Carola, han pasado veinte años…
Es una excusa absurda, pero no tengo nada más sólido a mano para hacerme con la bandada de mariposas que ha echado a volar de forma repentina, libres al fin de los barrotes que las habían aprisionado.
Y con qué furiosa gracilidad escapan, las benditas…
—Cada una tiene su tiempo —replica Carola.
—Pero son veinte años —insisto, temerosa.
Y no sé si es por miedo a que esto siga adelante… o a que no lo haga.
—Veinte años que ya se han hecho milésimas. —Su tono es firme, de los que no se molestan en verificar si hay terreno a su espalda porque sabe que no va a necesitarlo.
Pero en ese instante parece querer darme una última oportunidad, porque, mordiendo su labio inferior, cierra los ojos, inspira hondo, vuelve a abrirlos y dice:
—Solo dime sí o no, Ura, y me quedaré… o me iré.
Y me pregunto, por segunda vez esta noche: ¿Podemos permitirnos esto? ¿Después de veinte años sin saber nada la una de la otra? ¿Podemos, sobre las cenizas de un amor juvenil?
Carola, al parecer, cree que sí. Yo no lo tengo tan claro, pese a la amnistía general que acabo de firmar con mis sentimientos. Puede ser tan solo nostalgia, que me confunda la trampa de los recuerdos, el engaño de la excepcionalidad de esta noche, las emociones a flor de piel, la confusión de…
—«Porque cuando nos besamos, hay fuego» —recita en un susurro.
Y es justo en lo que se convierte su mirada, que a su vez transforma mi corazón en una supernova.
Solo se me ocurre balbucear, como una idiota:
—No podemos tener una canción que le chirría a mi conciencia feminista.
—¿Perdona?
Por primera vez, parece desconcertada. Y con toda la razón del mundo.
—Es… Parece de un acosador, ¿sabes? —explico—. Hace veinte años, y con diecisiete, vale. Pero ahora no.
Ella sonríe. Puede que mi salida le haya sorprendido, pero sabe quedarse, como siempre, con lo importante.
—Vale. —Hace una pausa, pensativa, mientras las llamas que siento dentro de mí se reflejan en sus ojos—. ¿Qué tal Hungry heart? «La conocí en un bar de Kingstown, nos enamoramos y supe que tenía que acabar» —tararea—. «Cogimos lo que teníamos y lo hicimos pedazos, y ahora aquí estoy, preparado otra vez en Kingstown».
—Pero en esa canción habla de alguien que abandona a su mujer y sus hijos… —empiezo a decir.
Ella, con una sonrisa que parece haber descifrado el código base del infinito, me dice:
—¿Y si somos unas malas feministas por un ratito? —Y añade, muy bajito—: ¿Te acuerdas de aquel beso en el gimnasio, después de la clase de la señorita Mª Eugenia y antes de la de don Jeroni, cuando casi nos pilló el conserje, que iba a preparar el recinto para el festival de primavera?

*[Golpe de Pressing Catch].

Lee gratis el relato La mujer en mi corazón

A Misusy, ¿quién si no?

Tengo a una mujer clavadita en el centro de mi corazón que me lo parte, lo escinde, lo apuñala, siega, sosiega, reverdece, ilumina y colma.
Tengo que decirle yo a esa mujer que a ver qué hacemos, que así no vamos. Que más vidas tienen mis gatos que las que ella se me está llevando con sus ojos de reina, sierva, guerrera y dueña; con su voz de mezzosoprano, de reina del glam, de cazallera resacosa; con su piel de día de primavera y su boca de cuento de hadas y sus pestañas de pluma de águila y sus dedos de acorazado Potemkin; ¡Su sexo de diosa de los bajos fondos y hada de arroyo!
Es la quinta vez esta semana que me toca resucitar. ¡Y van…!
Que cada vez que la miro, muero. Que cada vez que de sus labios sale siquiera un suspiro, muero. Cuando se mueve, parpadea, se aparta un mechón de la frente, compra tomates, le dice al vecino del sexto que le encanta Verdi, peronoalasdosdelamañanaoiga, muero. Que muero, muero y muero como ocho veces al día, y estoy en un ay porque ya no me renueven el carnet de mulier resuscitatum. ¡Que eso va por puntos!
No, definitivamente, así no vamos. Yo me estoy gastando la vida por quererla por encima de mis posibilidades. ¡Y la culpa es toda, todita de ella, por hacerlo a su vez por encima de las suyas! Así no se puede querer, ¿eh? No y no. Es que me quiere dándome la vida pero quitándomela, cumpliendo mis sueños pero acabando con ellos. ¡Que ya no le quedan promesas que cumplir ni lunas que arrebatar al firmamento!
Yo a ver si un día de estos la siento en el sillón color berenjena junto a la ventana de la cortina escarlata con el jarrón de las orquídeas de fondo y se lo digo. Le digo:
—Cielo, para un poquito de quererme así TAN, ¿vale?, que no me da el corazón para tanto pimpampum.
Y a ver qué me dice ella. Que será (me lo veo venir):
—Amor, ¿cómo no voy a quererte como te quiero si eso es imposible?
Y ahí se habrá acabado la asamblea en el sillón color berenjena junto a la ventana de la cortina escarlata con el jarrón de las orquídeas de fondo.
Porque con ella todo es imposible:
Imposible que no me quiera como lo hace.
Imposible (dice) no pensar en mí a cada yoctosegundo, zeptosegundo, attosegundo, femtosegundo, picosegundo, nanosegundo, microsegundo, milisegundo, centisegundo del día. ¡Si piensa en mí hasta en los segundos intercalares, por favor!
Yo ya no sé qué hacer con esta mujer metidita en mi corazón que me lo parte, lo escinde, lo apuñala, siega, sosiega, reverdece, ilumina y colma, de verdad que no. Estoy planteándome llamar a la Policía Cardíaca, a la Brigada de Asuntos Pim Pam, al Grupo Nacional de Quericidios. ¡Que alguien haga algo, por favor!
La voy yo a tener que meter en vereda, lo voy a tener que hacer. Le voy a decir que vale que me quiera como me quiere, pero que hay que ser un poquito solidarias, por amor de Dios, y pensar en los demás. ¿Pues no ves, mujer mía, lo necesitados que están en las lunas de Júpiter? ¿Y los de la Sociedad de Amantes de las Cortezas de Cerdo? ¿Los del Club de la Gota que Colma el Vaso? Qué egoistona, de verdad… ¿No puedes pensar en ellos, siquiera un yoctosegundo, eh? Que no pasa nada, cariño, que tenemos de sobra. Mira:
Podemos donar los besos de los jueves entre las 16:23:52 h y las 16:59:52 h. ¿Pues no ves que nos quedan los besuqueos de los 1.404 minutos restantes, tonta?
Y las caricias en la mejilla de los sábados antes del desayuno, ¿te parece? ¿Las donamos también? Las que damos con el pulgar, si quieres, y nos quedamos con las de las yemas y el dorso de los dedos. ¿Hace?
Abrazos tenemos a cascoporro, así que no creo que tengamos problemas en llegar a un acuerdo. Yo cedo un trillón de los míos y ya van todos servidos, hasta los amantes de las cortezas de cerdo (y de carnero, si las hubiera o hubiese).
Nos quedamos con:
Las miradas del color de las promesas eternas.
Las caricias del resto de nuestras vidas.
Los susurros a medianoche después de hacer chiquichiqui-bumbum.
¡Mi nuca! Mi nuca solo para nosotras, sin discusión. Tus besos de mariposa sobre ella. Mis cosquillas. La piel de gallina. Los escalofríos… El pack completo, solo para nosotras.
Tu lengua. Eso es innegociable. Esa, solo para mí. (La mía, para ti).
¿Te parece (ahora que estoy pensando yo) que metamos también en las cajas unos deditos danzarines? Seguro que les hace muchísima ilusión a los de Ganimedes, Adrastea, Amaltea y Tebe (bueno, quizás a estos últimos no, que me han dicho que son algo quisquillosos y prefieren manos completas). Pero, bueno, los metemos y ya que decidan ellos. Incluso podríamos adjuntar sugerencias de uso, ya sabes: deslizar sobre muslo en reposo, masajear cuero cabelludo, dar un toquecito en la nariz…
Bien, creo que podríamos llegar a un acuerdo, tú y yo. Ya que no me puedes querer menos de lo que me quieres porque es imposible, al menos que me quieras tanto, suficiente, lo necesario, imprescindible, mínimo, aconsejable para que no me quiten puntos del carnet de resucitada. ¿Te parece? ¿Habemus acuerdo?
Y ya, las instrucciones para los próximos dieciocho años las vamos viendo día a día, si eso…

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