Un perro llamado Úrsula

1,50  IVA incluido

Relato formato .epub

Un niño se presenta en el despacho de la detective Cate Maynes con una inusual petición: quiere que averigüe quién ha matado a su mascota. Cate está muy lejos de imaginar que tras ese, en apariencia, anodino encargo, se esconde un asunto de mayor calado que tendrá unas consecuencias tan imprevisibles como peligrosas.

Relato perteneciente a la serie de la detective privada Cate Maynes.

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Descripción

UN PERRO LLAMADO ÚRSULA

/ Serie Cate Maynes Relato / Novela negra /

SINOPSIS
«Me llamo Catherine S. Maynes y soy detective privada. En realidad no debería decir ‘soy’, sino ‘trabajo como’. Una solo debería ser aquello para lo que nació. Y yo no nací para esto».
Así empieza este relato que forma parte del universo de la serie de Cate Maynes. En él se narra el primer caso —el primero de verdad— de su carrera como investigadora, un «canicidio»: un niño acude a Cate para que averigüe quién ha matado a su mascota, pero este, en apariencia, encargo menor, esconde en realidad un asunto de mayor calado que derivará en unas consecuencias tan imprevisibles como peligrosas.

FICHA TÉCNICA 
Solo disponible en versión digital.
Formato: .epub
P.V.P.: 1,50€.

Puedes encontrar este relato, en papel y e-book, incluido en el volumen recopilatorio Cate Maynes. Relatos  y en la antología Fundido en negro: antología de relatos del mejor calibre criminal femenino (Alrevés, 2014).

Si lees en Kindle, puedes comprar el relato en Amazon.

Lee gratis las primeras páginas

Me llamo Catherine S. Maynes y soy detective privada. En realidad, no debería decir «soy», sino «trabajo como». Una solo debería ser aquello para lo que nació.
Y yo no nací para esto.
Veréis, soy detective privada por cliché, lo confieso aquí y ahora. Tengo certificados (y con nota) todos y cada uno de los requisitos del apartado estereotipo. A saber:
Expolicía.
Oscuro suceso en el pasado.
Corazón hecho añicos por una bella dama.
Botella de alcohol como muy mejor amiga.
A poco que me descuide amaneceré un día de estos en blanco y negro…
Debéis saber también que me considero una jornalera de la lupa, una jugadora de segunda división en la liga investigadora. No lo llevo en la sangre, qué le vamos a hacer. No tengo un instinto especial ni me mueve ninguna especie de servidumbre vocacional por hacer de la sociedad un lugar mejor. Simplemente, llegué a esto después de tropezar de forma harto estrepitosa en mi otra vida. ¿Que cómo se puede llegar a ser un cliché profesional, y de qué modo tropecé?
Vayamos por partes.
Yo era policía en Ilica, mi ciudad natal. Tenía una mujer, Helena, que se había quedado con mi corazón un sábado de primavera. Todo iba bien: éramos razonablemente felices y a mí el uniforme de policía me sentaba de maravilla. Pero un buen día le pegué un tiro a su hermano y la cosa (qué puedo decir) se puso un poquito fea. Resumiendo: mi amadísimo cuñado se quedó vegetando en una lujosa habitación de un más lujoso todavía hospital privado, y yo tuve que hacer la maleta porque me había quedado sin uniforme fetén, sin mujer de mi vida y sin futuro.
Cosas que pasan.
Por aquello de las huidas hacia delante recalé en Océano, una ciudad que con sus casi dos millones de habitantes y millar y medio de kilómetros de distancia con Ilica me pareció lo suficientemente grande y lejana como para cobijarme, tanto de lo que había ocurrido como de mí misma.
¿Y qué hace una chica con el corazón roto y una vida destrozada que quiere olvidar? Pues, ítem arriba, ítem abajo, convertirse en un estereotipo, ya que mujeres y copas fueron mi método para olvidar lo que había pasado y, así, me dediqué a beberme a unas y a acostarme con otras.
¿O era al revés?
La cuestión es que esa es la primera parte de la razón del lugar común que ahora soy. La segunda tiene su origen cierta mañana de resaca, cuando me planteé qué hacer con mi vida. Quiero decir, beber y follar no es que esté mal, vamos a ver, pero es que a veces una chica necesita algo más. Por ejemplo, dinero para ropa interior. (El fondo de armario puede estar bien para según qué cosas, pero ya os digo yo que las bragas deshilachadas hacen feo, por muy cachonda que esté la otra).
Y ahora, juzgad vosotros mismos: ¿expolicía con el corazón roto, un turbio suceso en su pasado, dada a la bebida y a las mujeres? ¡Vamos, si es de manual! Así que cierto día amanecí como flamante detective privada y, como el buen tópico que era, mantuve mi corazón roto, mi alcoholismo de mediana-alta intensidad y los escarceos con mujeres de toda talla y condición.
Pero todo esto que os he dicho solo era para poneros en antecedentes de lo que en realidad he venido a contaros: mi primer caso como detective, el primero de verdad, ese que nadie cuenta nunca porque es cutrecillo, o poco interesante, o no quedas bien, o no te llega para colgarte medallas. Así, prefieres darte bombo hablando de oscuros chantajes, intrigas familiares, citas clandestinas en cuartos oscuros o que así fue como conociste a la segunda mujer de tu vida[1].
Pero yo voy a ser sincera y os lo contaré. Total, más bajo no puedo caer.
Veréis: hubo un niño feo y un perro llamado Úrsula. En cuanto a lo primero, la criatura era, en efecto y sin remedio (y por decirlo sin acritud), de porte deslucido. Sé que es ingrato e injusto, porque los niños son de azúcar y no hay criatura fea, sino ojos que miran mal, pero, de verdad, Otis era feo. Feo de narices. Y no es que pase nada por serlo (o no debería), pero ya sabemos que la culpa de lo contrario es de esta sociedad de mierda y su obsesión por lo bello, joven y cool.
Pero la cuestión es que Otis lo era. Feo.
Pues ese Otis contrario al canon imperante se presentó cierta mañana de lunes en mi despacho. Hacía muy poco que había abierto Investigaciones Maynes, y lo cierto es que los clientes brillaban por su ausencia. Es duro empezar, no revelo ningún secreto: era nueva en la ciudad y en el oficio, no conocía a nadie y nadie me conocía a mí. Costaba arrancar, y eso que, con toda probabilidad, tenía las tarifas más económicas del lugar. (Me sabía mal cobrar de forma excesiva por un trabajo en el que no ponía el alma. Borrachuza y promiscua, sí, pero todavía me quedaba algo de dignidad, si no personal, sí al menos, profesional).
La cuestión es que aquel niño de doce años fue mi primer cliente. Otis tenía un perro llamado Úrsula (perro, sí; no perra. No me preguntéis por qué un niño le pone a su mascota macho un nombre femenino, el universo infantil está plagado de insondables misterios y este es tan solo uno de ellos) y el crío se presentó con un sobre con dinero en una mano y una fotografía en la otra. Lo primero eran sus ahorros y lo segundo, su querido Úrsula, un cocker spaniel de un pelo tan rojizo y lustroso que parecía teñido ex profeso.
—Han matado a mi perro —dijo muy serio—, y quiero que encuentres a su asesino.
A mí la fealdad me pone, qué queréis que os diga. Como soy una loser y tal, esas cosas me llegan al alma (cosas de perdedores, si no lo sois, no lo entenderéis). Así que allí estábamos: el niño feo, la detective cliché, la foto del ambiguo y difunto chucho y mi primera, fundacional y apasionante consulta.
¿Se puede empezar mejor una nueva vida?

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