Elisa frente al mar

3,99  IVA incluido

Libro formato .epub

Dos mujeres, Nuria y Elisa, se reencuentran en lo alto de un acantilado tras dieciocho años de ausencia. El pasado que las une está construido a base de amor, renuncia y dolor, y esa cita significará revivir su adolescencia y juventud, sus recuerdos y las personas que dejaron atrás.

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Descripción

ELISA FRENTE AL MAR

/Novela/Drama/Intimista/

SINOPSIS
Dos mujeres, Nuria y Elisa, se reencuentran en lo alto de un acantilado tras dieciocho años de ausencia. El pasado que las une está construido a base de amor, renuncia y dolor, y esa cita significará revivir su adolescencia y juventud, sus recuerdos y las personas que dejaron atrás. Elisa frente al mar es una novela de reencuentros y nostalgia, en la que el pasado se hace presente en forma de dolorosos recuerdos, pérdidas y renuncias. Una historia en la que el tiempo que una vez compartieron dos mujeres regresa para recorrer junto a ellas el tortuoso camino de un ayer que acabaría arrojándolas a un mañana de ausencias.

Sé que me has querido por encima de mí misma, de ti misma, y lo que eso te ha hecho. Toda mi vida he intentado ser lo que otros creían que debía ser. He cometido tantos errores y tú has pagado por la mayor parte de ellos.
Elisa

Estoy hecha de todos los reproches nacidos de las palabras que nunca pronuncié, de las cosas que nunca hice. Y, finalmente, de las que consentí.
Nuria

FICHA TÉCNICA 
Libro en versión e-book
Formato: .epub
P.V.P.: 3,99€.

Libro en versión papel
Formato: tapa blanda, rústica sin solapas, 13×20,5cms.
ISBN: 978-1495951343.
Fecha de edición: 2013.
Páginas: 216.
P.V.P.: 9,90€.
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Lee gratis las primeras páginas

2011

—Estás aquí.
Es lo primero que me dice, inquieta y tímida, detenién­dose a unos pasos de mí. No digo nada. ¿Qué puedo de­cirle? Las palabras se hacen agua en mi garganta, me aho­gan, se convierten en un palpitante oleaje dentro de mí. Son las suyas las primeras después de todo un mundo de silen­cio. Las recojo y las hago mías. Está aquí, pienso, con un estremecimiento.
He tenido días para preparar este encuentro, he proce­sado racionalmente que ella iba a estar aquí hoy. Que volve­ría a verla, después de tanto tiempo. He creído estar prepa­rada, haberlo asumido, pero es ahora que descubro que nunca llegué a creer realmente que lo haría.
Que estaría aquí, que la tendría delante de mí.
Ella me mira expectante, algo incómoda por mi silencio. No sabe que la marea de su presencia me llega al cuello, amenaza con engullirme. No sabe que su nombre se está haciendo latido en mi pecho, y el latido, estruendo. ¿Cómo va a saber algo así, si ese mundo silente entre nosotras ha durado casi toda una vida? Sé que debería decir algo, salvar este vacío, pero es ella la que, en última instancia, vuelve a hablar:
—Yo no lo hice.
—¿El qué? —digo al fin.
—Ir a ti.
No sé cómo responderle a eso. Vuelvo mi mirada hacia el mar, al que una vez convertí en metáfora. Han pasado dieciocho años. La última vez que ella y yo nos vimos te­níamos veinticinco. Ya no sé qué representa ahora este mar que entonces actuó de testigo. En realidad, no sé qué quiere ella. Tal vez sea demasiado tarde. Hasta el mar puede ago­tarse.
—Elisa —se escapa de mis labios, mientras mis dedos, in­quietos, remueven la tierra.
Es su nombre.
Se sienta a mi lado.

Su pelo era claro, recogido en una doble coleta trenzada. Pantalón de pana, camisa blanca. Es todo lo que recuerdo treinta y cinco años después. No, su rostro no. Quiero creerlo limpio, claro como el color de su cabello. Era una niña, y yo también. La primera chica de la que me enamoré. Ocho años, un patio de colegio, un sentimiento arrasador. La acechaba en los recreos, nunca supe quién era, ni su nombre. Re­cuerdo querer volar. Cogerla de la mano y lanzarnos las dos al viento; que nuestros cuerpos danzaran en la corriente, serpentearan libres de toda ancla. Todo lo que entonces sentí terminó, pero su recuerdo per­manece en mí como el primero. Eso nunca se olvida. Desear que no acabe nunca, que se haga eterno, que se convierta en el todo, en lo único. Creí que la vida me dejaría hacerlo. Volar.
Durante demasiado tiempo me dejó en tierra.
Es lo primero que aprendí. A esconderlo en un puño cerrado tras la espalda, mientras los demás lo mostraban en su palma abierta. A no pronunciar determinadas palabras, sentimientos, anhelos. Aprendes que callar es la mejor opción, porque el silencio es la norma. Una norma que debería estar en el banquillo de los acusados, trabada por cien cadenas. Por delito de desamparo sentimental. Por condenarnos a vivir en voz baja, a una vida amputada. ¿Qué campo de miseria sem­bró en nosotros semejante cosecha de negación? ¿A quién hemos de señalar con el dedo?
Recitaría de corrido mi lista de acusaciones:
Nunca cuchicheé al oído con mis amigas sobre la chica de 6º A.
Nunca tuve la oportunidad de declararme a ninguna.
Nunca paseé de la mano con mi novia al salir de clase.
Nunca ningún adulto me tomó el pelo preguntándome si ya tenía novia, si llevaría a mi chica a cenar, si contaban con ella para la cele­bración, cualquier celebración.
Nunca pude volar y la niñez terminó y la adolescencia se perdió y esa amputación, esa obligación de espiar desde la sombra lo que a otros se permitía gritar a pleno pulmón, mutiló una parte vital de mí.
No nos dejaron volar y yo acuso: tú, tú y tú.
—Pero eso —añado, girándome hacia Elisa para mirarla a los ojos por primera vez desde que he empezado a ha­blar—, solo serviría para comprender por qué me negaste.
Ella acepta el reproche contenido en mis palabras. Tras el silencio, el torrente. He dicho su nombre, se ha sentado a mi lado y algo se ha liberado dentro de mí. Las palabras que amenazaban con ahogarme han encontrado el cauce por el que salir, han brotado como un manantial. No sé por qué le he contado lo de aquella primera niña, no sé por qué ha sido eso lo primero que le he dicho después de tantos años. ¿Elisa regresa y lo hace también el primer recuerdo agri­dulce de mi vida? Un recuerdo convertido, al final, en re­proche. ¿Es justo? Al fin y al cabo, ella es tan víctima como yo; más aún, si cabe. Una vez caminas de frente, puedes tener una vida. Yo la tuve, la tengo, vivida de acuerdo con mi naturaleza. Ni me mentí ni mentí a otros. Hubo un pre­cio que pagar, sí, pero las Elisas de este mundo pagaron también el suyo. Lo sé mirándola a esos ojos en los que una vez me bañé.
Nunca ha sido feliz.
Aparto la mirada, porque su tristeza me duele, incluso sabiendo que ella provocó en mí, a su vez, una pena tan honda que aún colea en una parte de mi espíritu. Se ha an­clado en él como parte de mi ADN, como parte de lo que soy. Esto es lo que soy porque una vez Elisa estuvo en mi vida. El pensamiento me sobresalta, porque, pese a ser consciente de que ha estado conmigo todo este tiempo, lo había hecho hasta ahora de un modo soterrado, oculto; me había escol­tado bajo una especie de pacto de no agresión que hasta hoy ambos habíamos respetado. Y es ahora, cuando se hace lamento, que duele en toda su dimensión, me mira a la cara, me dice: «Estoy aquí».
Durante estos primeros minutos de reencuentro soy también consciente del seísmo de emocio­nes que me sacuden, zarandeándome como un muñeco de trapo de un extremo a otro del espectro emocional. Es como si Elisa, la realización física de su presencia, hubiera abierto en mí una válvula que ha estado aprisionando todo lo que en torno a ella sentí, temí, amé o perdí. Esto es lo que soy porque una vez Elisa estuvo en mi vida. No debería definirme a través de ella, lo sé, pero también que es inevitable. Que lo fue en su día y que lo sigue siendo hoy.
Un pensamiento esquivo empieza a abrirse paso en mí. No quiero saberlo aún de un modo consciente, pero intuyo que tengo todas las claves al alcance de mi mano. Lo que fui, lo que soy, qué traigo conmigo a esta cita. Por qué está ella aquí. El porqué, también, de la tristeza reflejada en su ros­tro.
Pero, por mucho que reconozca esa tristeza, recuerdo también que han pasado dieciocho años y mil mares entre nosotras.
La duda me asalta. Empiezo a plantearme por qué con­sentí. La razón de aceptar esta cita, al borde del mar. Quizás sea el acantilado que asoma a nuestros pies, llenándome de vértigo. Quizás Elisa trae con ella su propia metáfora. No lo sé. Solo sé que me ha dejado hablar y creo que, por ello, es ella antes que yo misma la que sabe la razón de mi presencia aquí.
Noto que ha reparado en algo. El tatuaje en mi antebrazo izquierdo. El nombre de mujer que lo cubre por entero. Ella ya se había ido cuando me lo hice. Sonrío con año­ranza, con tristeza, con rabia, con dolor. Es la no-sonrisa que tengo para Valeria en los momentos en los que su re­cuerdo me provoca añoranza, tristeza, rabia o dolor. Tengo otra, más luminosa, limpia y deudora de lo que ella fue. Surge cuando, por ejemplo, un rayo de sol, de forma ines­perada, cruza los espesos y lóbregos nubarrones de un día condenado a la lluvia y toca el mar, iluminando una dimi­nuta porción. Es en esos momentos cuando encuentro a la Valeria que nunca se fue.
No como Elisa. Elisa, que ha aceptado el reproche, que ha escuchado en silencio mi incoherente regreso al pasado más lejano. Que me mira, con esa inédita timidez en ella.
—Te noto cambiada —dice.
La miro. A punto estoy de sonreír ante la torpeza de sus palabras. ¿Es eso lo primero que me dice después de tanto tiempo? ¿Que estoy cambiada? Por supuesto que he cambiado, quiero decirle. Me dejaste a las puertas de la vida, Elisa. No estu­viste aquí, no te quedaste para ver en qué me convertí.
No quiero seguir ese pensamiento, esa idea que redunda de un modo mezquino, que me sigue mirando a la cara. ¿Soy lo que ella me hizo? ¿No he crecido, no he madurado, no lo he superado? ¿Soy, a través de ella y por ella?
«Te noto cambiada». Sí, puede que a los ojos de la Elisa que dejé bajo una tormenta esté cambiada. Pero ¿qué cam­bios ve ella? Intento recordarme tal y como era a los veinti­cinco años y caigo en la cuenta. En el último segundo que ella me vio el terrible golpe ya había ocurrido, pero en reali­dad yo aún no había librado todas las batallas, ni experi­mentado todos los sinsabores. Mi carne todavía era fresca y limpia y mi cuerpo apuntaba hacia la placidez. Caigo en la cuenta, por primera vez de forma consciente, de que mi cambio físico ha sido reflejo de mi cambio interior. Como caigo en la cuenta, también, de que una de las primeras pie­dras la puso ella, esta Elisa que ahora ha regresado, reduciendo a escombros mi corazón.
Cierro los ojos e intento verme a través de los suyos. La vida me ha vuelto escurridiza, seca, tajante. Puede que sea eso. Y puede que mi físico lo revele. Pelo corto, oscuro, delgada como un junco, no disimulo mi suave pluma ni quiero. Hace mucho tiempo que dejé de pedir perdón, ahora exijo paso franco en el camino. Quizás Elisa creyó que reencontraría a aquella Nuria que siempre estaba ahí. Me gustaría saber qué más cosas espera de mí esta mujer. ¿Acaso no recuerda cómo fue la última vez? ¿De qué modo quemó la última nave entre nosotras?
Pero ella no se quedó el tiempo suficiente para ver el principio del cambio, por­que al día siguiente ya no estaba.
Hasta hoy, dieciocho años después.
—Tengo dos hijas —dice.
Lo sé, pienso. Pero no se lo digo. No quiero que sepa que he seguido su vida desde la distancia, como un hábito per­nicioso que no podía evitar. Callo, a la espera de sus si­guientes palabras.
Pero no dice nada más.

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Propuesta didáctica para IES

Elisa frente al mar está recomendada como lectura para abordar la diversidad afectivo-sexual, la LGTBIfobia y la violencia de género entre alumnado de 3º y 4º de la ESO y Bachillerato por el colectivo LAMBDA Valencia y por la web TTrans-formando y forma parte de Mochilas viajeras. Formar para Ttrans-formar, un proyecto pionero que recorre las aulas ofreciendo recursos didácticos con el objetivo de facilitar a profesorado, alumnado y familias materiales para abordar la diversidad afectivo-sexual, familiar, la identidad de género y el acoso escolar LGTBIfóbico.

Si  eres un instituto o cualquier otra organización y deseas incorporar Elisa frente al mar a tus planes de lectura, te invito a que leas la propuesta completa  aquí. La novela cuenta con un cuadernillo de actividades para trabajar en el aula.

Más información

Si quieres saber más cosas sobre Elisa frente al mar (opiniones de sus lectorxs, reseñas en blogs y medios especializados, edición francesa…) tienes toda la información aquí.

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