Relato publicado en la antología 101 crímenes de Valencia (Editorial Vinatea. 2019).

Pere colmó el tazón con un café negro como la brea, y apenas sopló un instante el abrasador líquido antes de llevárselo a los labios. Acompañó el frugal refrigerio con un tarugo de pan que remojaba desganado en el oscuro líquido. Desde el día en que conoció la noticia, solo se alimentaba lo justo para no caer desfallecido.
Trató de alejar la angustia con una pesarosa sacudida de cabeza. No ganaba nada dejándose llevar por ella, la realidad era la que era y no la iba a cambiar por mucho que lo deseara. Miró hacia la ventana, que enmarcaba una noche tan lóbrega como su ánimo. En algún lugar a lo lejos sonaron las campanadas que anunciaban la cercanía de la medianoche. Resignado, depositó el tazón sobre la mesa, y su apagada mirada recayó sobre la caja de herramientas y su contenido: sierra de arco —imprescindible para la tarea que le aguardaba pues era perfecta para serrar maderos gruesos—, garlopa, berbiquí, escofina y maza.
Recordó con melancolía una época en que esa misma visión le había producido regocijo. Había crecido entre viruta y serrín —su padre y su abuelo también fueron carpinteros—, y en su memoria había quedado fijada la imagen del primero trabajando encorvado sobre una pieza que acabaría convertida en un exquisito buró o en una silla de patas cabriolé. Al Pere niño le fascinaba la idea de crear algo hermoso a partir de la materia inerte, pero su ilusión iba un paso más allá: no solo buscaba crear sino insuflar vida, y para él nada como la música para representarla pues siempre se sentía tocado en el alma por ella. La ilusión del hijo y nieto de carpinteros era ser violero y construir vihuelas de arco, y clavicordios, clavicémbalos, laúdes y arpas.
Pero la necesidad se impuso y el Pere que soñaba ser artesano de instrumentos musicales acabó dedicándose a la carpintería «de lo blanco». Y precisamente por su buen oficio en la construcción había sido buscado para el encargo que desde hacía semanas atormentaba su alma: a medianoche habría de empezar a levantar el patíbulo que tradicionalmente se instalaba en el antiguo cauce del río, entre los puentes de Serranos y de la Trinidad, junto al muro, el lugar designado para las ejecuciones públicas. Tendría que construir el tosco tablado de madera con escalerillas con el infame garrote vil en el centro, y habría de hacerlo con esas mismas manos que habían servido para prodigar caricias y cobijo.
Pero no, no ganaba nada recayendo en esos pensamientos. Porque sí, la realidad era la que era y no la iba a cambiar, por mucho que lo deseara…

 

La pesadilla rompió el intranquilo sueño del Pelufo por enésima vez. En esta ocasión, un ser ciclópeo lo apaleaba incansable con un mazo de dimensiones descomunales. Los temibles golpes resonaban atronadores, pero él era incapaz de emitir sonido alguno. El grito de horror que luchaba por arrancar de su garganta llegaba moribundo a sus labios sofocado por el dolor. Con un último jadeo de angustia abrió los ojos y se llevó unas temblorosas manos al pecho, donde sentía una punzante opresión. Pese a que el despertar a la consciencia tendría que haber disipado la ensoñación, el Pelufo, horrorizado, comprobó que seguía oyendo ese espantoso martilleo. Estremecido, se frotó la cara con una mano sucia y áspera, y lanzó una atormentada mirada a su alrededor.
Tras unos segundos de confusión, fue consciente de que, por muy angustiosas que fuesen sus pesadillas, la realidad seguía siendo infinitamente peor: el golpeteo que se había introducido en sus sueños y que se escuchaba lejano, si bien nítido a través de una de las ventanas del torreón, no era otra cosa que el proveniente de los trabajos que se estarían llevando a cabo para levantar el patíbulo que habría de llevarlo a la muerte.
Porque esa y no otra era la realidad: el Pelufo era un reo, en esos momentos encerrado en el Torréon del Águila, la dependencia anexa a las Torres de Serranos que hacía las funciones de «capilla» para los condenados a muerte. Su ejecución estaba prevista para el día siguiente y solo por esa circunstancia no estaba junto al resto de reclusos. Hasta entonces había estado confinado en La Comuna, una de las celdas de la planta media de la torre derecha, hacinado en unas condiciones insalubres junto a decenas de presos más. Aunque estaban preparadas para albergar como máximo a una treintena de penados, las celdas habilitadas en la antigua puerta de entrada de la ciudad de Valencia excedían en mucho a su capacidad, y la falta de ventilación y de higiene incrementaba hasta lo insoportable la tortura del encierro. A ello se añadía que, pese a que en un principio las Torres vieron modificado su uso para convertirse en prisión con la idea de albergar a presos de las clases privilegiadas —tras el incendio de la anterior cárcel de la Casa de la Ciudad—, sus actuales moradores poco tenían de nobles y mucho menos de caballeros: las riñas y peleas estaban a la orden del día, muchas veces provocadas por incidentes menores, agravados por la crispación derivada de aquellas malsanas condiciones.
Era lo único que agradecía el Pelufo de su actual y aciago destino: el espacio y la ausencia de peleas. Para todo lo demás, estaba jodido.
Como ya sabía que no volvería a conciliar el sueño, pese a ser todavía noche cerrada, se resignó a clavar la mirada en el techo, consumido por la inquietud. Porque sí, de acuerdo, era culpable: había cometido un crimen y debía pagar por él. Lo único por lo que rezaba ya era por que el verdugo contara con el vigor necesario para girar con contundencia el torniquete y que la punta de metal del collar de hierro le rompiera el cuello a la primera. La alternativa de una lenta agonía por estrangulamiento le provocaba espanto, y de sobra sabía que la posibilidad no era algo excepcional: en una ocasión, siendo un adolescente, su padre, que ya veía que el muchacho erraba el camino, le había arrastrado a una ejecución para darle una lección. Allí, una masa de espectadores ávidos de morbo jaleaban divertidos macabros comentarios y apuestas acerca de cuánto duraría el espectáculo o cuál sería la cara postmortem del ajusticiado. Así que el joven Pelufo lejos estaba de imaginar que un día se encontraría en la misma situación que el pobre desgraciado que, tapado con una capucha negra, profería blasfemias como un endemoniado. Y, sí, él se lo había buscado, la vida que había escogido le había llevado hasta ese punto y no había más.
Pero lo otro no. Eso sí que no. «Lo otro», que habían incluido en las penas y que él, confeso rufián y bellaco, no asumía como delito y no lo haría jamás, ni aún a las puertas de la muerte ni que los Hermanos de la Caridad se empeñaran en que se arrepintiese «para ayudarle a bien morir». Que no y que no, por muchas copitas de jerez con la que le obsequiaran esos mismos frailes que llevaban días recorriendo la ciudad con sus campanillas anunciando la ejecución y pasando el cepillo «para decir misas por el reo».
“Pues menos misas y más misericordia, fraters”, pensaba indignado el Pelufo cuando llegaba hasta su reclusión el eco de sus voces y tintineos. Porque si de los siervos de Dios en la Tierra dependiera lanzar la primera piedra, ahí que se iba a quedar por siempre jamás la bendita, pues no habría muchas manos libres de pecado para alzarla.
Porque él era sodomita y a mucha honra. Por muy mal vistos que estuvieran sus actos por una Iglesia que, por otra parte, había perdido su credibilidad al ritmo de sus desmanes e hipocresía. Y que puede que al día siguiente ejecutaran al criminal, de acuerdo. Pero no al amante; eso nunca.
Porque él, el Pelufo, natural de Alzira, se iría de este mundo en ese año de 1876, pero lo haría con el olor del serrín impregnando orgulloso su piel.

 

Pere saboreó el café con tragos cortos y pausados. Cuando terminó, cogió la caja con delicadeza. Esta no era tan antigua como la de herramientas que usaba para su oficio, pero le tenía un cariño mayor. La había construido él, del mismo modo que había hecho con lo que guardaba en su interior.
Salió de casa con la sombra de una sonrisa asomando a su rostro. Era exactamente la misma con la que, aquel día de hace ahora doce años, desmanteló el patíbulo que con tanta tristeza hubo de levantar previamente. Pero, desde luego, bien poco le importó deshacer el trabajo de toda una noche. Porque el milagro tuvo lugar y al final la esperanza se impuso a la realidad.
No faltaba a la cita desde entonces, aunque en esta ocasión el escenario sería distinto: a partir de hoy sería en el antiguo convento de San Agustín, reconvertido en el correccional al que acababan de trasladar a los presos de las Torres de Serranos.
Una vez allí, se detuvo junto al muro del recinto, extrajo de la caja la vihuela de arco y se dispuso a tocar.

 

Cuando, desde su celda, el Pelufo escuchó los primeros acordes, sonrió. Un indulto de último momento llegado desde Madrid le había salvado del garrote y, aunque debía permanecer preso hasta su muerte, nada ni nadie le arrebataría esos momentos al ocaso en que los acordes le traían el recuerdo del olor a serrín impregnando su piel…